El título de “maestro” ennoblece, hasta el punto de que se lo aplica nada menos que a Jesús, el Señor. Sin la posibilidad de llegar a tan divina condición, maestro es el que educa, enseña, orienta, dirige. Estas funciones le hacen digno de consideración y de respeto. En tiempos no muy remotos, el “maestro de escuela” como solía llamarse a los más modestos docentes en la escala de educadores, pero con una gran vocación, se hacía merecedor del respeto y aun del cariño de la comunidad. Todos recordamos a los mejores de cuantos dedicaron mucha paciencia a educarnos y orientarnos, desde la infancia a la juventud. Incluso en nuestra edad provecta seguimos los pasos de algunos que ejercen de maestros por su buen ejemplo de vida, su sabiduría equilibrada y profunda, su arte refinado, brillante o audaz. Y por otras cualidades que admiramos y de ellas aprendemos y quisiéramos imitar.
Pero igual que ocurre con otras palabras, su sentido más eximio puede ir degradándose según el mal uso que hagan algunos de tan eximia profesión. Ejemplo al canto. El Congreso Nacional de Educación llevado a cabo en Sucre ha sido un baldón para los muchos maestros que todavía dignifican su oficio y merecen el respeto de todos. Cuando el que se llama maestro, aunque lleve también encima la condición de ministro de Educación, repite enfurecido ideologías totalitarias (“al estilo comunista”, dijo el Arzobispo de Cochabamba); cuando nos las quieren imponer a fuerza de soflamas odiadoras; cuando tratan de controlar los hilos del poder sindical, y la pasión de mandar suplanta al sentido de servicio a la sociedad; cuando pretenden utilizar a los maestros como agitadores callejeros; cuando el griterío de plazuela sustituye al diálogo civilizado; cuando se dan todas estas aberraciones y otras cuya lista no cabría en este artículo, entonces sí, la condición de maestro se degrada ante el ciudadano que observa el espectáculo con indignación y tristeza. ¿Cómo esos individuos van a garantizar la buena formación de nuestra niñez y juventud? ¡Pero si ellos/as no saben comportarse con un mínimo de dignidad y de autoestima! ¿Maestros de qué?
Todo este desastre proviene en gran medida de la politización equivocada del magisterio. Politización que no está orientada al servicio de la “polis” sino a otros fines menos nobles. Si me permiten caricaturizar lo que muchos lamentamos, le ruego querido lector que observe cómo los maestros más “progres” (y también otros funcionarios públicos) juran su cargo de dirigentes: con el puño izquierdo en alto, para expresar visiblemente su ideología resentida; y con la mano derecha, no en el corazón, sino en el estómago. Haga Ud. mismo la correspondiente deducción. “Barriga llena, corazón contento”, clamaban los militantes de un viejo partido.
Estamos ante el desastre de algo tan importante para la sociedad como es la educación y una vocación tan generosa como es la del maestro. Los entusiastas “refundadores” de Bolivia deberían tomar muy en serio la refundación del oficio de maestro. Sin un cambio a fondo, no se refundará nada valioso para todos. Sólo repuntarán unos cuantos privilegiados, sea por su talento y voluntad o por sus medios económicos, y no por la escuela.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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