Roberto Unterladstaetter enfrenta a la ciudad utilizando plástico y publicidad El artista cruceño interviene las calles con afiches, pega stickers y cambia las señales. Los códigos publicitarios hacen que su obra sea masiva. Expone en la galería Nota.
Llega a un café del centro paceño y ya marca el territorio: saca un adhesivo que lleva escrita la palabra “arte” y lo pega en un cenicero. En Santa Cruz, su tierra natal, alguna vez le han increpado por tal osadía, por decirle a la gente lo que es arte o no. Nada más lejos de su objetivo. “Yo simplemente coloco ‘arte’, no estoy rotulando nada. La interpretación depende de cada persona”, arguye.
Toda clase de comentarios rodean a este joven creativo. Aunque su apellido “Unterladstaetter” resulta complicado, Roberto está acostumbrado a deletrearlo, así como está habituado que resalten la estética kitsch y la carga “pop” que lleva su trabajo visual.
El plástico y lo popular no son novedad en el arte contemporáneo —incluso se consideran demodé—, sin embargo, el artista y diseñador de 26 años utiliza estos elementos para interpretar a la sociedad cruceña, sin que esto impida que su obra tenga tintes de globalidad y pueda ser entendida universalmente. “Casi nunca le pongo título a las obras que realizo y mucho menos cuando se trata de algo que yo considero muy claro en su mensaje, en su estética”. Por ello, su trabajo va por una línea metida en la cuestión mediática, publicitaria. Esto lo expresa a nivel estético y también en los materiales. “Trato que el soporte sea expresivo. Todos los materiales que aplico son utilizados por la publicidad”.
¿Por qué hablar en códigos publicitarios? Quizá porque es diseñador y comunicador de profesión. O tal vez porque se trata de un lenguaje actual que se desliza a todo nivel, un lenguaje que permite jugar con imágenes, señalética y estéticas que se crean en torno a un producto o una mercancía.
En una de sus primeras obras alteró las señales que indican el paso de escolares, aumentando a los brazos de los niños dibujados un limpiavidrios. Eso causó indignación en sectores de Santa Cruz.
Un afecto similar tuvo la serie de afiches que gritaban desde las paredes paceñas “No puedo”, “Estoy solo”, “Tengo miedo”, “Soy nadie” y “Tengo nada”, que llamó la atención de la gente durante el Siart 2005. Estos afiches se acoplaron con los carteles publicitarios y compartieron espacios.
“Los afiches del Siart apuntaban a expresar algo muy personal, pero que pueda llegar de forma masiva a toda la gente. Ahí está presente la estética que la gente conoce: el jabón en polvo, el pollo frito, las hamburguesas... Usás esa estética haciendo que tu mensaje se convierta en masivo”.
En el mundo donde los detergentes han cambiado el significado de la palabra blanca y son capaces de hacer todo, Unterladstaetter exclama “No puedo”, utilizando la estética del jabón en polvo. “A mucha gente le pareció negativo. Yo expresé los miedos que tengo ante una publicidad que me ataca y me dice ‘si no usás tal champú o tal crema, muérete’”.
La obra de Roberto ha sido considerada kitsch, cartel que el artista lleva orgulloso. “Yo considero mi obra artística como kitsch, lo curioso es que si el mismo material tiene un uso publicitario, deja de serlo. Depende de la lectura. Hacer kitsch no sólo es sobreponer cosas y mezclar colores”.
Siguiendo este camino, la nueva propuesta que Unterladstaetter ha preparado para la ciudad de La Paz consiste en siete cuadros en que regresa al plástico y a las lonas para hablar de la sobresaturación de la oferta sexual en la publicidad.
“Me han dicho que la muestra tiene una alta carga erótica, aunque en realidad yo lo interpreto como una reacción ante una dictadura de imágenes sexuales a las que estamos expuestos día y noche. No es tan relevante en términos de arte erótico, sino más bien a nivel crítico a los productores de mensajes masivos”.
Como soporte manejó materiales netamente publicitarios, como el plástico adhesivo para señalética y las lonas estampadas que se usan para toldos y manteles. “Deberían estar en la mesita donde venden api o desayuno. No los elegí a propósito, fue una elección aleatoria. Ya venían impresos y que yo haya elegido uno y otro depende sólo del día en que los compré”.
El azar también es parte de su trabajo. Muchas veces hace cosas en imprenta y no las supervisa, para ver qué sale, aportando cada quien en el resultado final.
“A pesar de que el uso del plástico es kitsch, a fin de cuentas no dejan de ser siete cuadros conservadores, colgados en la pared. No me salí, no estoy tratando de hacer instalación ni nada. Son siete cuadros, pero con otro material”.
A pesar de esta consideración, ha visto que su trabajo no ha sido visto con buenos ojos por algunos compradores. “Me di cuenta que la gente no es capaz de considerar como arte a una obra que no está hecha con algún material noble, como tela, óleo o aceites. Cultura plástica, artes plásticas... Si tu vida entera está llena de plástico, ¿por qué el arte no va a tenerlo?”.
“Utilizo la estética que la gente conoce: la del jabón en polvo, el pollo frito o las hamburguesas. Así un mensaje se vuelve masivo”.
El cruceño considera que los soportes de su más reciente serie de cuadros “deberían estar en la mesita donde venden api o desayuno”.