En la víspera de los desafíos Bolivia ha ganado en dignidad y lo más probable es que no vuelva atrás, pero la euforia por el cambio puede ser peligrosa para el destino de la nación. No se puede soterrar que en un país como Bolivia existen diferencias.
El 18 de diciembre del 2005 se inicia, con frenesí y sin par impulso popular por la vía democrática, la histórica era del poder indígena. Con la carrera hacia el cambio bajo la llamada “revolución democrática”, la reaparición del Estado nacional y de una franca línea política de izquierda, se arrojaron las primeras señales inequívocas del rumbo que Bolivia ha comenzado a tomar.
Han pasado los primeros seis meses del gobierno del presidente Evo Morales Ayma y ciertamente el país está escribiendo una nueva historia, con cambios estructurales trascendentes, los cuales son imposibles de soslayar.
El Gobierno, en este tiempo, ha diseñado los trazos firmes del carácter que regirá su conducta y ha señalado el camino que transitará el país hasta consolidar la “construcción” de un nuevo Estado, de evidente corte popular, de dignidad nacional, etnocéntrico, antineoliberal, sin condicionamientos externos, de pretendido estatismo y encarrilado hacia un renovado pacto social, como dijera el Jefe de Estado en su natal Orinoca.
Con la Asamblea Constitucional encaminada a arraigar una política de largo aliento, con un proceso en curso de recuperación del control total de los recursos naturales y con el lanzamiento de un Plan Nacional de Desarrollo de visión integral, en evidencia el Gobierno asentó las estructuras. El papel del Primer Mandatario ha sido fundamental en estos procesos marco, dotándole a su administración un carácter cuasi presidencialista y prescindiendo, en gran parte de este tiempo, de los poderes constituidos.
En este tránsito de cambios, sin embargo, ha llegado el tiempo de los desafíos como reconoce el propio Manifiesto de Orinoca. Y los desafíos son muchos y no sólo debieran estar atrincherados en materializar los cambios políticos e ideológicos en la Constituyente o en cumplir la metas de la gestión de Gobierno, sino, inseparablemente, en lograr la simbiosis interna del país y la apertura externa. Las señales de este tiempo, así como muestran los cambios hacia el logro de una sociedad más justa y equitativa, descolonizada y de base social, deben desterrar los temores que se abrigan por el riesgo que corre el sistema democrático de imperar el uso de un indiscriminado poder absoluto.
Es una notable garantía que el Gobierno sostenga el respaldo ciudadano mayoritario, pero también es un riesgo para la estabilidad y la unidad nacional la resistencia que se ha encontrado en algunos sectores sociales, económicos y religiosos, no por los cambios en sí mismos sino por el modo en que se los introduce. Y antes que volcar la mirada hacia esos sectores resistentes, el Gobierno está en la obligación de forjar con ellos alianzas antes que edificar fortines o convocar a la confrontación de iguales.
El desafío estará en consolidar el Gobierno para todos. Ese que se construye de mayorías y de minorías. Bolivia ha ganado en dignidad y lo más probable es que no vuelva atrás, pero la euforia por el cambio puede ser peligrosa para el destino de la nación. No se puede soterrar que en un país como Bolivia existen diferencias y que éstas sólo conviven en armonía cuando desde el poder se emana tolerancia y respeto. Se ha entrado a la etapa, quizás, más definitoria del proceso de cambio y es en esta víspera de desafíos donde, seguro, las oportunidades de concretar una buena conducción nacional no podrán ser desperdiciadas.