En cada ciclo político los bolivianos deseamos borrar el pasado inmediato y escribir en piedra o en forma definitiva e invariable lo que será el futuro de la nación. Volvemos a nacer, a creer y a ilusionarnos que el país será otro a partir de los planteamientos y promesas que realizan los nuevos protagonistas políticos. En cada gobierno invariablemente renegamos del modelo anterior, condenamos a sus actores y juramos que en adelante, nunca más volveremos a ser lo que fuimos.
Primero neoliberales, luego estadistas, nuevamente liberales y otra vez estadistas testifican que, los vaivenes políticos y económicos influidos por poderosas corrientes mundiales, han desbaratado las más solemnes promesas políticas o ideológicas respecto a la inmovilidad de los modelos económicos. El cambio es tal que, hasta sus más férreos protagonistas sufren la metamorfosis de la reversión al extremo de que, pasado el tiempo político que les toco gobernar, los líderes de antaño son precisamente los abanderados de los procesos contrarios.
Ahí lo tienen por ejemplo al líder de los políticos Víctor Paz Estenssoro que luego de ser destronado y perseguido en 1963, vuelve al país para liderar el proceso económico inverso del que precisamente fue su principal protagonista en 1952, convirtiéndose en el pionero de la reversión estatal. Otros ejemplos son Alan García, Lagos, Lula, todos ellos líderes políticos que en un momento fueron contestatarios del modelo económico que hoy defienden o administran.
La volatilidad política y económica no respeta consensos políticos coyunturales ni leyes o políticas de Estado que teóricamente constituirían los pilares de la futura institucionalidad del país. Invariablemente todo debe cambiar así ello implique sólo un juego de espejos como sucedió con la famosa promesa de Paz Zamora de relocalizar el decreto 21060.
Por ello da lo mismo escribir las nuevas reglas o leyes que guiarán nuestro destino en piedra o arena, puesto que irremediablemente vendrán otros ciclos y tiempos políticos cuyos líderes encontrarán razones más que suficientes, para desbaratar o modificar lo que hoy se sostiene como la verdad en el tiempo y en el espacio. Lo demuestra la reversión de la Rusia de Estalin, el Egipto de Nasser, la Italia de Mussolini o la España de Franco. Todo tiene un sentido histórico coyuntural y lo que es bueno hoy puede ser cuestionable mañana.
Por ello, es importante que la futura Constitución Política del Estado establezca exclusivamente los principios fundamentales que regirán la convivencia nacional limitándose a señalar, al igual que faros marinos, las rutas principales por donde surcará la vida nacional. Incluir en ella aspectos específicos referidos al manejo económico, educacional, laboral etc., sólo generará mayor inestabilidad institucional al obligar a los futuros políticos a tener que modificar el vértice de la pirámide legal para poder ejecutar sus planes y programas o las nuevas verdades que cada ciclo histórico trae consigo.
La diferencia entre el estadista y el político radica precisamente en que el primero sacrifica popularidad a corto plazo para imprimir un cambio de mayor aliento versus el segundo, que prefiere el cambio abrupto y aplaudido, pero de corto alcance.
*Antonio Soruco es ingeniero.
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