Imbuida como está Bolivia en una singular coyuntura sociopolítica y en un proceso de poder constituyente tan incierto, debería como ciudadana, politóloga, catedrática y columnista de opinión, seguir la ola del momento y ocuparme de comentar el tono y el acento del “Informe a la Nación desde la Casa de la Libertad” vertido por el presidente Evo Morales; de la polémica legalidad o legitimidad de instaurar una Constituyente originaria o derivada y de las implicancias sociológicas del reencuentro, reflexión, lucha y demanda de esa variopinta gama de necesidades y voluntades multiétnicas, pluriculturales y multilingües que se unificaran en el teatro Gran Mariscal; sin embargo, esta semana mi preferencia mundana me enrumba a ocuparme de meditaciones axiológicas.
En lo personal no comparto la generalización de faceta ninguna y los festejos dedicados a fechas plurales; sin embargo, no deseo pasar indiferente ante la reciente celebración mediática de la amistad (23 de julio) y me permito hacerles partícipes de unas palabras que algún día —espero más temprano que tarde— integrarán la premier de mi prosa poética convertida en libro.
Desde mi óptica, interpreto la amistad como un afecto desinteresado y recíproco que se basa en la honestidad, generosidad y comprensión; en la afinidad de las inclinaciones, complicidad de mitos y realidades; en edificar utopías y construir bohemia; en encontrar el tiempo para reunirse en el ocaso de cualquier jueves para retomar locuras escolares y angustias universitarias; exorcizar temores y dolores; reírse de los aconteceres del universo y apoyarse en la cordura y en la locura de un sinnúmero de vivencias.
Personalmente, me regocijo de haber encontrado en esa palabra tan corta, una amplitud en su significado; de contar con personas que conocen mis secretos, defectos, virtudes, limitaciones, debilidades, convicciones, gustos, aficiones y aún así me quieren, aceptan, toleran, comprenden como soy; amigos/as que me incitan a ser cada día mejor y me enseñan a convertir mi vida —y la de quienes me rodean— en una festividad surrealista, muchas veces dolorosa pero siempre, siempre jubilosa.
Por otra parte, en vista de la policroma realidad y que cada uno/a de nosotros/as no bajamos “Dos veces al mismo río”, porque somos como el río fluctuantes, cambiantes; considero que la verdadera amistad trasciende al tiempo y al espacio y se cimenta en saber del amigo/a su historia pasada, actuales quehaceres, planes futuros; es conocer su forma de ser y el sentido que da a su vida; es estar ahí para lo que quiera compartir y para lo que quiera omitir. Una verdadera amistad es aquella que logra prolongarse en el tiempo, trasciende lo material y permite compartir sentimientos, opiniones, creencias filosóficas, hobbies, religión, ideologías políticas, inclinaciones literarias, culinarias, deportivas y otras.
“Aficiones y caminos hacen amigos” dice el refrán popular y si bien sobre el origen de la jornada consagrada a la amistad se ciernen varias hipótesis, en cualquier caso, todos y cada uno de los días son propicios para emprender y/o fortalecer los lazos de unión con amigos/as que no cuentan con mayor título que éste.
*Mariella Pereyra es cientista política.
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