Hace años atrás, en el artículo primero de la Carta Magna, se le abrió un boquete al ultranativismo con la sacralización de lo “multiétnico y pluricultural”. Data de entonces el brote de aquella corriente por tan propicia obertura constitucional. Algo que hoy, bajo el gobierno de Evo Morales, adquiere características de virtual eclosión. Y salpica cada vez más a muchos sectores, afianzando en ellos la creencia de que el rumbo hacia un mejor destino nacional, debe partir necesariamente de lo étnico-cultural antes que de cualquier otro sitio.
En el mundo, lo multiétnico y pluricultural constituye característica común a una mayoría de grandes y pequeñas naciones, por lo que pierde toda relevancia. La población española, por ejemplo, es un “cóctel” de muchas razas. Ibéricos, fenicios, romanos, godos, visigodos, celtas, judíos y árabes constituyen los ingredientes de este puchero que desde el punto de vista étnico-cultural es la denominada “Madre Patria”. En la multilingüe Suiza conviven descendientes de celtas, romanos y tribus germánicas, pero todos se consideran suizos. Bélgica es un país que reúne a flamencos y valones, dos pueblos marcados por la diferencia étnica, cultural y lingüística, pero igual se sienten belgas.
A donde vamos es a reiterar que en todas las naciones desarrolladas, la identidad étnico-cultural ha perdido actualmente toda importancia Se ha convertido en mera e intrascendente referencia. Lo que importa en estos países es la economía y sus modalidades de interacción doméstica e internacional dentro de un sistema de organización que territorializa el poder político y la función administrativa. Lo nacional convive con lo regional, conforme a normativas que se inspiran en la democracia y no en la pertenencia étnico-cultural, expuesta ésta a procesos mutantes que poco a poco le hacen perder su identidad original, hasta desvanecerla por completo, casi siempre.
También urge destacar que no se hallan en la pertenencia racial sino en la economía las claves para un futuro mejor. En países subdesarrollados y dependientes como el nuestro, con el paso del tiempo, acompañado de crecimiento económico en proyección de efectiva integración, lo étnico-cultural se desvanecerá como nube batida por el viento. O dicho en otros términos, por los cambios que aquel ascenso introduzca en la estructura demográfica, primero (migración campo-ciudad) y social, después, (mayor movilidad de los de abajo hacia estratos medios y superiores del poder económico), determinando, al final, la consolidación del Estado nacional. La Bolivia del futuro será casi totalmente mestiza. Es decir, boliviana. Lo étnico cultural terminará reducido a dato de un pretérito que, desde luego, de aquí a varios siglos, seguirá interesando a antropólogos y sociólogos. Pero solamente a ellos, porque a los demás bolivianos, viviendo como vivirán en espacio común, limpio de cuadriculaciones de tipo étnico-cultural que algunos quieren hacerle a Bolivia en la Asamblea Constituyente, considerarán el tema una verdadera excentricidad.
¿Qué hacer, entonces con el Art. 1 de la Carta Magna? Pues, cambiarlo en los siguientes términos: “Bolivia, libre, independiente, soberana, adopta para su gobierno la forma democrática representativa y participativa, fundada en la unión y la solidaridad de todos los bolivianos, más allá de cualquier diversidad étnica, lingüística o cultural”.
*Mario Rueda Peña es abogado y periodista.
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