La migración de los bolivianos es una realidad que crece sin reparo y parece no conmover a nadie el hecho de que en este fenómeno se destrozan o desmembran familias, se rompen vínculos, se pierde capital humano, técnico o profesional, valioso y calificado.
Hasta hace un mes, cada día un total de 1.000 ciudadanos cumplían el trámite para obtener pasaporte, para buscar en otros países la posibilidad de realizar sus sueños de trabajo y progreso. Las cifras de ahora dicen que esa demanda de pasaportes ha crecido en 80 por ciento, por lo menos en las ciudades del eje troncal.
También se va la gente hacia países vecinos, sin necesidad de pasaporte. Hace tres meses, el diario La Nación de Buenos Aires informó que solamente por la frontera de La Quiaca ingresan a la Argentina un total de 10.000 ciudadanos bolivianos por mes, con la intención de buscar trabajo. Se puede sospechar que por las otras fronteras está sucediendo algo parecido, es decir, gente que se va poco a poco del país.
La última información con cifras sobre este fenómeno llegó de España, país adonde arriban alrededor de 200 ciudadanos bolivianos todos los días. Es conocido, por lo tanto, que 20 por ciento de los bolivianos que solicitan pasaporte tienen la intención de partir hacia España, y lo hacen. Esto explica, de paso, la determinación de las autoridades españolas sobre la inmigración de los bolivianos y la posibilidad de que dentro de pocos meses se exija visa como requisito de ingreso a España.
Todos estos datos muestran que la situación de desempleo en el país ha producido, y sigue haciéndolo, una fuerza centrífuga que está expulsando a los ciudadanos en todas las direcciones. Las oficinas de Migración, donde se tramitan los pasaportes, no dan abasto y la gente hace filas interminables e incluso duerme en las puertas para tener la oportunidad de conseguir el documento que le permita salir de la nación.
La explicación está en la realidad de desempleo que vive el país. A lo que habrá que sumar algunas señales que comienzan a inquietar seriamente como la paralización de la inversión extranjera privada debido al cambio de las condiciones de operación en el país. Así también —y esto se apuntó con especial énfasis hace un día— está confirmado que el Gobierno central y las prefecturas están bastante rezagados en la ejecución de sus presupuestos de inversión pública. Por lo tanto, sin inversión privada ni inversión pública la posibilidad de que se creen empleos se reduce dramáticamente. Y allí podría estar la explicación del porqué en los últimos meses los bolivianos han decidido irse del país en busca de trabajo.
En este caso, las condiciones políticas no influyen; lo que cuenta es que el mercado real no está generando fuentes de trabajo para los ciudadanos. Y, como siempre, la gente se va hacia los lugares donde tiene posibilidades de realización personal, incluso si es en el extranjero, aunque desde allí lleguen noticias sobre las condiciones lamentables, incluso esclavistas, en que viven miles de bolivianos, explotados hasta por sus propios compatriotas. El drama es completo.
Esta realidad que sobrecoge tendría que movilizar al Gobierno a realizar esfuerzos para habilitar en el menor tiempo posible fuentes de empleo. La migración de los bolivianos es una realidad que crece sin reparo y parece no conmover a nadie el hecho de que en este fenómeno se destrozan o desmembran familias, se rompen vínculos, se pierde capital humano, técnico o profesional, valioso y calificado.