Que el lector no se asuste: en este comienzo de la nueva serie de El Satélite de la Luna, cuyas células madre oportunamente congelé hace 30 meses, no me referiré a las astronómicas dificultades de la flamante Asamblea Constituyente. Al contrario, frenaré mis impulsos satíricos y me circunscribiré a la Asamblea de la Unión Astronómica Internacional (IAU), que acaba de refundar el sistema solar.
Repasemos brevemente el tema. Durante miles de años los hombres reconocieron en el cielo cinco cuerpos celestes “vagabundos” (en griego “planetas”) los cuales se apartaban del movimiento regular de las estrellas en torno a la Tierra. Después del invento del telescopio, cada siglo añadió un planeta: Urano (1781), Neptuno (1846) y Plutón (1930). Sin embargo, la IAU, pudiendo respetar esa tradición y reconocer tres planetas más, ha optado por expulsar a Plutón del club planetario y relegarlo al círculo de planetas “enanos”.
¿Qué hizo Plutón para que fuera censurado y destituido? Aparentemente, no desmanteló misiles chinos ni firmó contratos petroleros ilegales; sino que resultó ser un impostor, con papeles “chutos”: según los cálculos de los que lo descubrieron, debía ser tan grande como la Tierra, pero resultó más pequeño que la Luna, sin contar que no bailaba al ritmo de los demás planetas y que estaba vinculado con Carón, el transportador oficial del infierno. Por cierto, no puedo echarle la culpa a Plutón por todo eso, pero tampoco lo defenderé, para evitar que cualquier fiscal me acuse de apología de delito.
Las reducción de nueve a ocho planetas (mis 25 lectores recordarán una profética columna de hace cuatro años, titulada ´9+1= 8´) implica cambios interesantes. Por ejemplo, facilitará la autoestima de los alumnos, quienes ahora podrán ignorar nombre, distancia, diámetro y masa de ocho objetos, en lugar de nueve.
Por otro lado, es previsible que poco cambiará en Bolivia: no aumentarán las inversiones petroleras, ni aminorarán los problemas, más morales que éticos, de YPFB. Tal vez se reorganicen seudociencias como la astrología o la política exterior boliviana, aunque, sin duda, mejorará el marketing astronómico, para que lo tome en cuenta el remozado Planetario Max Schreier: mapas, libros, videos y poleras, relacionados con los nueve planetas tradicionales, deberán ser rehechos.
Finalmente, la negativa de la Constituyente Astronómica de incrementar el número de los planetas a doce, ha echado por la borda un inmejorable argumento para que la Asamblea de Sucre hiciera lo propio con los actuales nueve departamentos de Bolivia. ¡Qué lástima! Esa decisión hubiese añadido una armonía más a las perfecciones bíblica (tribus de Israel y apóstoles), mitológica (sibilas), andina (ayllus) y petrolera (% de las regalías departamentales).
En compensación, esa misma Asamblea celebrará con júbilo la exclusión de un dios griego impostor, como una señal del alcance cósmico del proceso de descolonización, luz de Bolivia para el Universo.
*Francesco Zaratti es físico.
NdD.: Damos la bienvenida a nuestro nuevo columnista que ocupará este espacio quincenalmente.
Eduardo Rodríguez
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Hablar de una crisis boliviana sería casi no decir nada. Si ha existido una nación en crisis permanente, ésa ha sido Bolivia. Entonces, ¿por qué preocuparse tanto?