Administración parsimoniosa La prueba concluyente de que en el semestre pasado no funcionó la administración fiscal es que hubo un mínimo gasto fiscal y que la inversión pública fue muy limitada. Esto se refleja en la actual parálisis de la actividad económica nacional del país.
Al término de la autoevaluación de los seis primeros meses de gestión del Gobierno, se estableció que la labor administrativa estuvo en la cuerda floja, por carecer de avances sustanciales, lo que se tradujo en la falta de coordinación entre los viceministros y los ministros y de éstos con el Presidente de la República, quien pasó a ser una isla inaccesible o ausente de La Paz, como él mismo reconoció.
Sucede que el presidente Evo Morales prestó más atención a unos aspectos, descuidando otros de igual o mayor importancia en la tarea de dirigir la nave del Estado.
Dejó en libertad de acción a sus ministros y el resultado es que éstos, al carecer de una orientación permanente en su trabajo, perdieron eficacia y no tuvieron control. Peor todavía, no coordinaron su labor con los viceministros, de manera que casi todo quedó en manos de la burocracia, que es contra la que ahora se estrellan las críticas, sin reparar que ella fue siempre apática.
Ha sido el propio presidente Morales quien declaró a la prensa que “a partir de este momento, recogiendo las observaciones hacia mí… me dedicaré (a trabajar) de lunes a jueves en el Palacio de Gobierno y de viernes a domingo visitaré, como siempre, algunas comunidades, entregando pequeñas obras, recogiendo sus propuestas”.
Es evidente que el Mandatario estuvo muy dedicado a “entregar obras”, pero el caso es que éstas, muchas veces, eran tan modestas que no ameritaban la presencia del Jefe de Estado, cuya misión esencial, en todo caso, es la de decidir, en el día a día, las líneas maestras de la gestión de gobierno.
La solución que se quiere dar a las insuficiencias y desajustes operativos, con la creación de cuatro equipos de trabajo, tampoco parece ser pertinente. Equivale, poco menos, que dotar de muletas a ministerios que estarían postrados por la parálisis. De ser así, esos grupos pasarían a ser unos supervisores o algo parecido, lo que desataría celos y entrabaría más el trabajo diario.
Ahora, si el Presidente ratifica a todos sus ministros, porque considera que tiene “un gran equipo” y que “hasta en las familias hay dificultades”, no se explica aquello de constituir los mencionados cuatro equipos de trabajo, “para mejorar los resultados de la gestión”. Al “gran equipo”, entonces, hay que coordinarlo y hacerle trabajar. Algo que no es buen asidero.
En lo particular, la falla mayor parece radicar en el Plan Nacional de Desarrollo, en cuya elaboración no hubo, ciertamente, la coordinación requerida, ni dentro del Gobierno, ni con el sector empresarial, menos con las prefecturas y los municipios.
El sector empresarial, desde el lanzamiento del Plan, advirtió que era sólo enunciativo y que carecía de la instrumentación adecuada para su puesta en marcha. A la vez, generó poca confianza entre algunas prefecturas, municipios y actores del desarrollo económico regional, porque expresa una visión centralista, prescindiendo del país profundo.
La prueba concluyente de que en el semestre pasado no funcionó la administración fiscal es que hubo un mínimo gasto fiscal y que la inversión pública fue muy limitada. Esto se refleja en la actual parálisis de la actividad económica del país, pues el Estado es el gran dinamizador de ella. El Gobierno ha dicho que reconducirá la gestión. Que así sea.