Se trata de los dos bienes más preciados. Mucho más que el oro o el petróleo. Son la causa principal de guerras y conflictos. Desde siempre han constituido la obsesión de la humanidad y la historia de su posesión es la historia del poder. En la tribu más pequeña o en la nación más grande y poderosa, quien detenta, otorga, garantiza o quita agua y territorio es quien domina a los demás. De hecho el Estado, en cualquiera de sus formas, se constituye sobre la base del control de estos dos elementos.
Además, en los últimos tiempos se han convertido en los bienes más escasos. Las previsiones menos alarmistas muestran que dentro de 25 años las necesidades del conjunto de la población mundial requerirán 8 veces más agua y 10 veces más territorio que en la actualidad. Si a ello sumamos el hecho de que las fuentes de aprovisionamiento de agua se reducirán en una octava parte y que el territorio apto para la colonización disminuirá en un 20%, en el mismo período de tiempo, podremos comprender el dramatismo de la situación.
Lamentablemente no sólo el crecimiento de la población provoca la escasez de estos dos elementos claves. Fundamentalmente la contaminación de los mares, ríos y lagos, más la erosión y la criminal tala de bosques, son los factores principales para la agudización del problema. Especial responsabilidad tiene en ello el norte industrializado de occidente que es incapaz de dar soluciones sostenibles y eficaces al daño que incesantemente produce. La muestra más terrible es la reticencia de Estados Unidos al protocolo de Kyoto, instrumento que pretendía paliar los efectos del calentamiento global.
No es casualidad, por lo tanto, que en nuestro país la Asamblea Constituyente tenga como dos de sus temas centrales al Agua y al Territorio y que la verdadera querella no resuelta que permanece como causa oculta de nuestras principales desavenencias sea la irresolución de esta problemática.
Bolivia es, comparativamente a otras naciones, muy rica en agua y territorio. Esto naturalmente despierta expectativas entre nuestros vecinos y nos convierte en un espacio de reserva estratégica del cual es nuestro deber tomar conciencia.
La Reforma Agraria boliviana muestra signos inequívocos de agotamiento y los procesos de saneamiento de tierras no sólo que no están resolviendo el tema de la propiedad de la tierra, sino que están provocando conflictos cada vez más agudos tanto en el oriente como en el occidente del país. El problema de la escasez del agua, a su vez, produce un grave déficit en la salubridad urbana, pero fundamentalmente en la ampliación de la frontera agrícola.
Estamos de hecho ante una bomba de tiempo. Los conflictos por tierra y agua que se avizoran en el horizonte son de una magnitud inédita en nuestra historia. Urge, por consiguiente, que la Asamblea Constituyente asuma el momento álgido por el que atraviesa la cuestión y contribuya con una definición clara y que a partir de allí se generen políticas específicas y realizables en el marco de una visión estratégica que nos reconcilie con la naturaleza y atienda nuestras necesidades de manera equitativa, tanto a nosotros como a las generaciones futuras.
Éstas son las maneras específicas y concretas con las que se procede a la reconstrucción del pacto social.
*Ricardo Paz Ballivián es sociólogo y constitucionalista.
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