Esta mención a las orillas no tiene nada que ver con esos bordes que frecuentamos después de cada espiral de conflictividad social y política que nos convierte, como sociedad, en una caricatura de Sísifo. No. Dos Orillas fue el título del concierto que congregó a Liliana Herrero y Teresa Parodi en un teatro de Buenos Aires hace unas cuantas noches. ¿Y quiénes son? se pregunta el lector con justa razón. Porque es como si en un diario argentino alguien relatara un concierto de Matilde Casazola y Zulma Yugar realizado en un teatro de Sucre. Y es por eso que escribo estas líneas; para reflejar en un espejo otras voces, otros rostros, otras músicas. Cansado, como estoy, de nuestra manía de mirarnos el ombligo.
A la pregunta inevitable, la respuesta precisa. Teresa Parodi es una suerte de reina del chamamé y es de Corrientes. Liliana Herrero es una soberana que (nos) gobierna con su voz y en su último disco canta al Litoral. La Parodi es compositora de hermosas canciones y Liliana es filósofa y filosa con su canto entrecortado. “Dos mujeres, dos modos, sin superposición ni analogía, anuncian un encuentro y una inquietud. Unidas por el mismo lazo de la historia, ofrecen una circunstancia común para dos formas de moldear una memoria cultural”, decía el folleto que anunciaba el evento y uno pensaba, al margen de la música, en la importancia de evitar las superposiciones y dejar de lado las analogías. Pero no estamos para metáforas nacionalistas, me dije, y me sumergí en la música… esa “que nos llama —sigue el folleto— a través de lo que el tiempo, una ciudad y un país van haciendo con las canciones y los textos de un país, una ciudad y un tiempo”.
No haré recuento del concierto y su recorrido de autores y compositores que evocaba, entre otros, a Juan Goytisolo y Paco Ibáñez, Atahuallpa Yupanqui y Alfredo Zitarrosa, Eduardo Falú y Violeta Parra. Retumba todavía el trueno del dueto exclamando, es un decir, “y arriba quemando el sol”, antes y después de sorprender(nos) con el arribo imprevisto de Mercedes Sosa al escenario para convertir el par en trío y ese lugar en un estallido de alegría que no inmutó a las abuelas de la Plaza de Mayo que estaban sentadas a mi derecha y escuchaban el concierto como recordando. Yo recordaba que vi a Mercedes Sosa casi 30 años atrás en el coliseo de la Coronilla en Cochabamba y que el tiempo es nada mientras festejaba la suerte de Rodrigo Daskal, Delfina, Luca y sus amigas que pueden compartir estos encuentros de Liliana —con el recuerdo de su voz— y con Liliana —cuando esa voz nos conduce a otros universos—. Es que, cuando canta ella, “no se puede volver atrás, porque la vida ya te empuja con un aullido interminable, interminable” y esa canción —Palabras para Julia— se convierte en el preludio del silencio y la ovación.
Demás está decir que un rato antes Rodrigo me regaló una polera de River con homenaje a Ángel Labruna —el ídolo de mi viejo—, que después de un largo recorrido llegaron a manos de Horacio Gonzales —pareja de Liliana y director de la Biblioteca Nacional— los discos de Matilde Casazola, Luzmila Carpio y Gladys Moreno para que ella encuentre algún eco en esas nuestras voces, y que Luca me contó que vio a Evo en París.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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