La presidente chilena Michele Bachelet ha tenido el acierto de ordenar que en su país toda mujer mayor de 14 años que pida comprar la píldora del día después sea complacida. Por más de una razón a mí me parece muy bien. Uno, porque todavía no hay vida diga lo que diga la Iglesia; segundo, y más importante, porque salva de una muy posible muerte a la madre que es obligada a abortar por una sociedad hipócrita. Como dice un buen amigo mío, si el padre Amaro hubiera tenido la dichosa pastillita no mandaba a la muerte a la muchacha.
Pero, claro, quizá lo ideal sea dar un pasito atrás y comenzar por facilitar que se repartan preservativos por millones para evitar embarazos no deseados y para prevenir el sida.
Y es que a lo largo de mi vida he visto tanta desesperación y tantas mujeres destruidas por la mala práctica de algunos sinvergüenzas que se hacen pasar por aborteros que creo que le haría un monumento al que inventó dicha píldora.
Sí, ya sé que los ultraconservadores lanzarán cuando menos el grito al cielo y en una de ésas hasta piden que me excomulguen como una vez hicieron con mis bisabuelos que eran venerables masones y liberales. Me tiene sin cuidado. En temas como el aborto debe imponerse la practicidad, pero también la libertad. Finalmente sobre el cuerpo de cada quien, cada quien debe decidir. Y aquí también vale la más sabia de todas las frases de Jesús que dice: “El que esté libre de culpa que arroje la primera piedra”. Frase tolerante si la hay.
Lo anterior no quiere decir que no se realice una amplísima campaña explicando los alcances de la píldora y sobre todo que no puede ser utilizada con frecuencia sino como un caso extremo. Para el resto hay no más que usar métodos anticonceptivos.
Y en este trabajo los colegios tienen que tomar la delantera. Hay que incentivar la capacitación sexual para nuestros jóvenes. El que crece creyendo que los bebés llegan traídos por la cigüeña y que nacen en un repollo muy posiblemente terminen embarazando a alguien sin saber a qué se han metido.
Pertenezco a una generación que ha luchado mucho por romper los prejuicios y por poder amar con libertad (unos más otros menos). Más de una vez fui reñido por farmacéuticas con cara de Cruela de Vil (la de los 101 Dálmatas, recuerda usted) por pedir que me vendieran condones. Y tengo varios amigos a quienes uniformados servidores del orden les dejaron sin sus relojes cuando fueron pescados infragantis en el oscurito del maravilloso Montículo. Y temas como el aborto no han pasado desapercibidos para nosotros y ojalá que en ese entonces hubiera existido una píldora sencilla y barata como la del día después. La de traumas de los que nos hubiéramos librado.
Por eso me gusta tanto la Bachelet porque propone soluciones donde otros ven hacia el costado. Y soluciones realistas en un Chile donde los escolares han tomado las calles no para hablar de destruir sino de construir una educación mejor, con más calidad, con mayor participación, sin tanta dictadura de los docentes, pero que llegue a todos democráticamente para aprender y no para vaguear. Sí, en ese tema también me muero de envidia.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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