Los excesos del Canciller Es falso reflejar que en Bolivia exista una sociedad en cuyo comportamiento se den manifestaciones de racismo como las descritas. Los bolivianos no odian, no le escupen a nadie, ni a los animales, porque no está en su forma de ser.
Nadie pretende negar la existencia de algunas manifestaciones de racismo en Bolivia. Es decir, el racismo ha estado presente en la historia nacional, de un modo u otro. Las manifestaciones de racismo se han dado en el pasado como de seguro se dan en la actualidad. Sin embargo, hacer creer o intentar reflejar que aquello es un rasgo de la sociedad boliviana, en su conjunto y en forma permanente, es un exceso imperdonable y es enarbolar un discurso falso, que antes que abordar el tema para propiciar un contexto de reconciliación, alienta a ensanchar aún más la brecha, entre unos y otros.
Una cosa es poner el tema de las manifestaciones de racismo en la mesa del debate nacional con la apertura y la seriedad que corresponde y en el momento adecuado, y otra distinta es pretender, a partir de situaciones aisladas o experiencias particulares e imprecisiones históricas, afirmar que en Bolivia, en especial en algunos segmentos de la sociedad, existen expresiones de racismo que llegan, incluso, a afectar al Presidente de la República, de natural condición indígena.
Es así que sorprendieron las declaraciones que hiciera el canciller de la República, David Choquehuanca, sobre que cuando era niño y acompañaba a su madre a la zona Sur de la ciudad de La Paz —donde según la autoridad vive la gente acomodada— para vender productos de lana, en cada puerta que tocaba no faltaba un niño que lo escupía.
El Canciller incluso llegó a decir que la gente de la zona Sur de La Paz siente repulsión por todos los indígenas y es extensiva al propio Presidente de la República. Añadiendo que el voto logrado en estos barrios no fue por Evo Morales, sino por el proceso de cambio.
Estas y otras afirmaciones se han venido escuchando en los primeros meses de gestión de Gobierno y han sido vertidas por algunas autoridades gubernamentales e incluso repetidas reiteradamente por el Presidente de la República, haciendo referencia a que en el pasado los patrones no permitían, a través del tormento y la mutilación, que los indígenas aprendieran a leer y escribir como una forma de sometimiento. Son descripciones que probablemente sucedieron en el marco de una crueldad inaudita, pero desde luego jamás fueron norma como se procura hacer creer y, mucho menos, se extienden a los actuales tiempos.
Es falso reflejar que en Bolivia exista una sociedad en cuyo comportamiento se den manifestaciones de racismo como las descritas. Los bolivianos no odian, no le escupen a nadie, ni a los animales, porque no está en su forma de ser.
En Bolivia lo que sí predomina es una cultura tolerante, que probablemente no llegue a la perfección ni a los índices deseables, pero de que la población, en general, ha ido y está construyendo una sociedad más justa y tolerante hacia la diferencia, de aquello no debe dudarse. Insistir en maximizar experiencias relacionadas con rasgos discriminatorios en momentos en que los sentimientos nacionales yacen vulnerables, es poco responsable.
El Canciller había mostrado de un tiempo a este episodio, cautela admirable en sus declaraciones, sobriedad de acuerdo al cargo y actuaciones brillantes como en el caso del reconocimiento al electo Presidente de México. Es un hombre del que se espera mucho, más por ser la cabeza del gabinete ministerial.