No es fácil recordar un período en que, como ahora, la conducta permanente y generalizada —incluido el Gobierno del que se esperaba que favorezca un clima de tranquilidad y armonía— sea la de favorecer el enfrentamiento y la zozobra, con evidentes actitudes provocadoras. Es que se está produciendo una verdadera competencia para participar en la acusación sin pruebas, en la agresión sin destino honroso y en la anécdota inconsistente para justificar una política que, ya está claro, es claramente discriminadora. Esta conducta proviene de diversos sectores, principalmente de ministros, parlamentarios y militantes de partidos, que tendrían que ser los primeros en promover la paz social.
Se ha dicho que un elemento esencial de la democracia es el respeto mutuo y convergente entre la mayoría y las minorías. Pero esto es lo que menos se practica, pues constantemente se escucha que la mayoría circunstancial —en política la mayoría siempre es circunstancial, pues tiende a acabar como tal en nuevas consultas a la ciudadanía— ahora pretende el derecho de imponer su voluntad, inclusive por la fuerza o la intimidación, como es el caso de la “vigilancia” que promueve el Poder Ejecutivo en torno a la Asamblea Constituyente, que se la presenta como eje central de una política de cambio. Y esta conducta provocadora a una instancia ya instalada, es desconocer derechos fundamentales de la democracia: disentir, seguir diferentes caminos políticos y favorecer acciones distintas a las que promueven los oficialistas. Ahora, en cambio, todo vale, como usar para esta Asamblea un membrete “el de originaria” que nadie precisa a dónde apunta, sospechoso de representar una corriente poco democrática.
Parecería, sin embargo, que lo anterior no alcanza para el enfrentamiento estéril y aparecen las actitudes insólitas: Un ministro que se queja de pretendidos rechazos y maltrato en su niñez; otro, el de Educación, que anunciaba un Estado anacrónico e imposible; un diputado oficialista que dice aprestarse a buscar la casa de un congresista disidente para castigarlo por pensar diferente, e insiste en esa actitud cerril con acusaciones falsas que llegan al instituto emisor; un mandatario que se queja de unos y de otros: de las compañías petroleras, de la oposición, de los movimientos regionales, de países que hasta ayer nomás eran amigos y que lo alentaban, sin dejar de mencionar a los medios de comunicación como sus enemigos; un viceministro que provoca su propia caída al llamar mentiroso a un Jefe de Estado; un militante —alcalde él— que amenaza a una región con ocuparla por la fuerza —de fusiles Mauser se trata—, dizque preparando a sus huestes para la acción. Y hay mucho más.
Así las cosas, no es sorprendente que la ciudadanía se fatigue, que comience a ver que, en verdad, las cosas se están poniendo peligrosas para la nación, y que la enorme mayoría que tuvo el oficialismo se esté erosionando, no por acción de supuestos “antipatrias”, sino por la provocación y el uso poco racional y prudente del poder que recibió en las urnas.
¿Habrá capacidad para la enmienda? Por el bien de todos los bolivianos, esperemos que haya el propósito democrático de evitar la constante provocación que no solamente fatiga, sino que nos lastima a todos.
*Marcelo Ostria es abogado y diplomático.
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