De Saturnino Farándula y sus andanzas no recuerdo casi nada, salvo sus líos con Joe Smith, el profeta mormón. También mezclo los sucesos históricos, que por entonces leía en Billiken, sin respeto por los actores y las fechas. Muchos cuentos de la época, a los que era muy afecto, han quedado desvaídos como fotos trabajadas por el tiempo. Pero guardo memoria de los personajes de J. Verne, E. Salgari, A. Dumas y de W. Disney. En París se ha abierto en el Gran Palacio una exposición para honrar la obra de este último, puesto a la par de los mayores artistas del pasado y de hoy, recuperando para los monos dibujados que hablaban en globitos, como decía mi madre con un cierto desprecio, ejecutorías de nobleza artística, después de años de entredichos, malentendidos y sospechas. Así, los personajes de mis primeras lecturas se acomodaron sin complejos junto a los héroes de otras historias que conocí.
Apenas terminé de aprender el silabario cuando descubrí al Pato Donald, a Mickey y a los demás, en una revista argentina. A mi padre le hubiesen gustado cuentos más clásicos o instructivos. El ocio recreativo era extraño a su formación, pero mi familia materna veía con indulgencia y distancia mis recientes intereses, salvo mi abuela, ya con la vista vacilante, que se entusiasmó por las aventuras de Bichito Bucky, en el país de los desperdicios. Cada entrega de la revista me pedía que lea el episodio semanal, aunque no compartía mi simpatía por Juan Vagoneta, personaje indolente, holgazán, que nunca perdió su buena suerte. No vaya a ser que me lleve por el mal camino. No era la única criatura de Disney del género, Gastón, el primo de Donald, quizá algo más fanfarrón, tenía el mismo estilo. Pero además coqueteaba deslealmente con Margarita, la novia de su primo y obtenía los favores del tacaño tío Patilludo, que tanto retaceaba a Donald.
Éste y Mickey estuvieron entre mis héroes favoritos. Ambas historietas exhibían un dibujo económico, efectivo, de trazo firme. La trama repetía los mismos personajes de uno a otro episodio, pero las acciones eran diferentes, repletas de humor sin pretensiones, desarrolladas con chispeante imaginación. La intriga creaba un suspenso que acicateaba al lector.
Las historias de Donald y Mickey tenían cierta semejanza entre ellas. Los dos personajes convivían con familiares, como los inolvidables Dieguito, Huguito y Luisito, sobrinos del primero, o con amigos: como Goofy, Pluto, que intervenían protagónicamente en los enredos, muchos de los cuales eran domésticos y no sólo producidos por el enfrentamiento con despiadadas bandas de malhechores, entre las cuales la de Pete Pata de Palo era una de las más peligrosas. Este carácter colectivo del protagonismo no deja de ser paradójico cuando se recuerda que para algunos críticos Donald y Mickey encarnaron el capitalismo individualista. Éste y aquél tenían asimismo un noviazgo con Minnie y Margarita, respectivamente, con las cuales la relación a menudo llegaba al borde del rompimiento para rehacerse con el amor permitido por la censura. Por otra parte, cada uno de ellos tenía su personalidad propia. Donald era una especie de anti-héroe, algo ingenuo, metepata y despistado, en cambio Mickey más avispado, sagaz, tenía los atributos del pícaro. Cierto, no todas las historietas ofrecieron idéntica calidad, sobre todo porque las series se hicieron casi industrialmente con distintos dibujantes y guionistas. Por supuesto, estas reflexiones no corresponden a las lecturas de aquel entonces, aunque salen de ahí.
La llegada de los primeros largometrajes cinematográficos constituyó un verdadero acontecimiento. La reina mala, una mezcla de arpía y vampiresa, concitó el odio de todo el público que aplaudió la aparición del príncipe que puso fin a las desventuras de Blanca Nieves y de los siete enanitos. Siguieron otras películas con igual éxito, no perdí ninguna. En ese tiempo no había leído las críticas que encontraron al príncipe desabrido y los argumentos facilones, de un sentimentalismo lacrimoso. Cuando las conocí, las imágenes de mi memoria no se alteraron por ellas. Tampoco modificó mi simpatía por Disney el famoso libro de los años 70: Para leer el Pato Donald de A. Dorfman y A. Mattelart, donde se intenta mostrar a éste, a Mickey como instrumentos de la dominación americana, además de homosexuales encubiertos por una relación no consumada en el matrimonio con sus novias, agravada en el caso de Donald por la presencia habitual de los sobrinos.
Parece abusivo atribuir a historietas que buscaron distraer a sus lectores con relatos sencillos fabricados con ingenio, comicidad, en los cuales el nudo de la intriga se resolvía, tal vez con poca verosimilitud, por el lado de los buenos, sin ir tampoco más allá de la moralidad del común, una intencionalidad esencialmente política e ideológica.
La exposición del Gran Palacio constituye un reconocimiento para el artista y sus colaboradores, vistos por algunos como unos manipuladores de la comunicación moderna, además de un descubrimiento de la prosapia culta y refinada donde se nutrió la obra. Muchas de las escenas de las películas, algunas viñetas de las historietas se inspiraron en la estética del Art Nouveau, de los Prerrafaelistas o evocan los efectos de los dibujos de G. Doré, los cuadros de G. Moreau.
Disney y su equipo fueron uno de los forjadores de la sensibilidad de hoy. Desarrollaron una visión artística y medios ilustrativos que pesaron en las percepciones del mundo moderno. Pero la influencia va más allá del campo estético, penetra en las corrientes ecologistas actuales que prestan sentimientos a animales y plantas. ¿Acaso Donald no es un pato y Mickey un ratón, como en las fábulas clásicas? Las plantas tristes o sonrientes aparecieron en sus filmes e historietas y hasta hoy no han perdido su magia.
La exposición del Gran Palacio ha coincidido con otro homenaje, esta vez a Mickey, el héroe emblemático de Disney, mostrado a través de la obra de una treintena de artistas que confirma la actualidad del personaje de mi infancia.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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