Tiene sentido lo que declaró a este diario el actual alcalde de Potosí, René Joaquino. Dijo que el odio genera odio y discriminación, añadiendo que “ese racismo que se nota en los niveles de decisión política es peligroso, porque puede llevar a un enfrentamiento”.
En el sentir público, existe la certeza de que entre los bolivianos se ha exacerbado el racismo en el último tiempo. Desde el discurso oficial se insiste en poner el dedo en la llaga, al reclamar la deuda de 512 años de sometimiento de los pueblos originarios, o sea durante la Colonia y en el período republicano. También desde otros escenarios políticos de oposición o en diferentes segmentos sociales existen posiciones que responden a tal discurso, llevando al debate del tema por el camino incorrecto y peligroso.
Ahora lo que se quiere es imponer la supremacía del indigenismo sobre los k\'aras, o sea sobre las poblaciones urbanas, a las que se las identifica como de blancos y blancoides, cuando, en realidad, en su gran mayoría, son mestizos, como producto de la mezcla de razas. El Censo Nacional del año 2001 estableció que la población indígena y campesina que vive en el área rural representa sólo el 37,57% del total de habitantes contabilizados en aquella oportunidad, o sea de más de ocho millones. En cambio, la población urbana, considerada por los antropólogos y sociólogos como mestiza, constituye el restante 62,43%.
Lo peor del caso es que en Bolivia recrudeció una práctica y sentimientos que parecían estar reducidos a su mínima expresión, desde la Revolución Nacional de 1952. La idea prevalente en ese proceso fue eliminar toda manifestación de racismo y discriminación, para dar paso a la homogenización social, la que en parte logró su objetivo.
A nivel mundial, el racismo es visto como una afrenta a la dignidad humana básica y una violación de los derechos humanos. Por estas razones, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) aprobó una Declaración en la que expresa que “toda doctrina de diferenciación o superioridad racial es científicamente falsa, moralmente condenable y socialmente injusta”. Como conclusión, sostiene que si las políticas gubernamentales están “basadas en la superioridad o el odio racial, violan los derechos fundamentales”.
Pese a que en el mundo está rechazado el racismo y a que la Revolución Nacional hizo mucho para hacerlo desaparecer, el ministro de Educación, Félix Patzi, admitió a La Razón que en el país se ha naturalizado el racismo, al extremo de que es asumido por los que discriminan y los discriminados, y que al margen del color de la piel, en este momento, está en disputa incluso la forma de concebir el planeta. Por último, sostuvo que “decir en este momento que no existe racismo, sería negar la historia y la realidad”.
Es a partir de esta visión que en la actualidad el país está experimentando una fuerte tendencia racista. De ahí que resulta inevitable que haya la reacción consiguiente en las poblaciones urbanas, pues lo que ocurre es que toda actitud racista lo que hace es generar una respuesta similar.
Tiene sentido lo que declaró a este diario el dirigente político y actual alcalde de Potosí, René Joaquino. Dijo que el odio genera odio y discriminación, añadiendo que “ese racismo que se nota en los niveles de decisión política es peligroso, porque nos puede llevar a un enfrentamiento”. Y es lamentable reconocer que la discriminación racial, la xenofobia y otras formas de intolerancia, siguen asolando a la sociedad.