“La anomia social, tal como sucediera en octubre, nuevamente se ha expresado mediante el lenguaje de la muerte...”. Hay todavía quienes creen que la violencia es la partera de la historia. Son los cultores del enfrentamiento, los promotores de la división, los que sostienen que las clases sociales son las mismas que hace dos siglos y que su lucha constante es el motor que permite a la sociedad avanzar. Sus últimas lecturas datan de hace tres décadas y ocupan, en su empolvada biblioteca, un lugar de privilegio las obras de Konstantinov, Harnecker y en el mejor de los casos alguna edición de bolsillo, traducción soviética por supuesto, de las obras escogidas de Marx, Lenin, Stalin o Mao.
Para ellos la vida vale poco, casi nada y los muertos de la convulsión social son apenas víctimas anónimas del proceso “natural” que conduce al cambio político. Están persuadidos que son de sangre los ríos por los que ineluctablemente debe navegar el acorazado de la revolución.
Cada vez que el pueblo pone los muertos, creen atisbar la llamarada de la insurrección y se ponen frenéticos para atizar el conflicto. No son capaces de advertir, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver, que la violencia está lejos de ser el anuncio de una alborada de resurrección social.
No se dan cuenta de que nos hallamos ante una profunda y terminal crisis estatal que amenaza con una diáspora institucional y social que podría echar al tacho de la basura el esfuerzo de varias generaciones por construir y consolidar la democracia en Bolivia.
La anomia social, tal como sucediera en otro espantoso octubre de hace tres años, nuevamente se ha expresado mediante el lenguaje de la muerte y la destrucción. De nuevo la ausencia de Estado se ha hecho dramáticamente patente en estos días y nos ha dejado atribulados y perplejos, ante la crudeza de los hechos.
Las circunstancias son distintas, pero el fondo del asunto es el mismo: la crisis de Estado que nos está acabando de a poco y a pedazos. Estamos llorando nuestros muertos, pero no somos capaces de comprender que todos tenemos alguna responsabilidad en ese dramático desenlace.
Hicimos en principio lo que teníamos que hacer y convocamos e instalamos la Asamblea Constituyente para que cumpla el rol de reconstituir el pacto colectivo y de esta manera restablecer la majestad del contrato social y por ende la funcionalidad del Estado.
Pero no, nos enfrascamos en discusiones bizantinas, no comprendimos el papel que juega, ni el objetivo de la Asamblea Constituyente, y dejamos que la anomia social nos retraiga nuevamente a la descarnada realidad de nuestra indefensión como sociedad.
Ojalá que la violencia desatada no permita que los apóstoles del desastre nos lleven al holocausto de una ilusoria revolución. Ojalá que la vida se abra paso y retomemos la cordura.
*Ricardo Paz Ballivián es sociólogo y constitucionalista.
Veinticuatro años de democracia
cVivimos en Bolivia el período más prolongado de continuidad democrática. Los ciudadanos que han cumplido veinticuatro años ya no tienen como parte de su historia, períodos de ruptura política con el orden legalmente constituido.
Entre burros y vivos
Hace algunos días, mientras esperaba sentado al volante de mi vehículo que la luz del semáforo cambiara a verde para poder avanzar,