A duras penas avanza la Asamblea Constituyente, es un decir. Y cuando parecía que el asunto de las comisiones y la fórmula de voto eran los últimos escollos para la aprobación del reglamento de debates surgió un innecesario debate acerca de la inmunidad de los asambleístas. Innecesario porque resulta incongruente que ellos tengan menos derechos que los parlamentarios; sin embargo, el resultado de la votación —que terminó aprobando la inmunidad, también tentativamente— muestra algunas novedades, puesto que la decisión fue a contramano de la postura oficial del oficialismo. Si es un punto de inicio de cierta autonomía de acción de los asambleístas con respecto a las influencias externas valió la pena el tratamiento del tema y su inicial levedad adquiere cierta importancia. Así de pequeñas están las cosas pero éstos son los detalles que pueden abrir el camino hacia los consensos mínimos. Los mínimos necesarios y nada más. Nunca creí en las consabidas plegarias de los progresistas que pensaban que la Asamblea Constituyente iba a ser un happenning criollo, una suerte de Woodstock con koa, un aptapi para confraternizar … porque era la huida hacia adelante cuando se venía la catástrofe. Era la solución temporal para escapar del fantasma de la guerra de todos contra todos —y Huanuni es un desgarrador llamado de alerta— y se apostó al debate y la deliberación en un espacio político e institucional.
Por eso hay que prestar atención a los detalles y no irse con la finta de la pirotecnia verbal. Porque hay que distinguir entre la altisonancia de los discursos y la levedad de los hechos, porque para empezar, y no es poca cosa, el gobierno de Evo Morales es una combinación de retórica radical y decisiones moderadas. Y quien dude que ése es un rasgo predominante en estos tiempos de cambio también debe evaluar las decisiones de la oposición extraparlamentaria —los cívicos y los prefectos de los cuatro departamentos medialuneros— que amenazaron con desacato a la nueva Constitución Política del Estado, cuando ésta todavía no está, no sabemos si habrá y si se aprueba en la Constituyente debe pasar al Referéndum, etc., o sea, que tenemos que esperar más o menos un año para que se cumpla la amenaza. Eso se llama ejercer una oposición responsable, valga la ironía, porque confirma el aserto anterior. En el trasfondo de estas posturas está presente una suerte de base latente que propicia y promueve el encuentro y el pacto. Un ejemplo fue el impacto del retorno de Román Loayza y su discurso de concertación que fue recogido rápidamente por moros y cristianos y que se constituye —sic— en el antecedente más importante para andar por ese camino. Es que la concertación tiene bases racionales y emocionales aunque siga el debate y la disputa por la interpretación de uno y otro artículo que, finalmente, termina mostrando esa hibridez necesaria e inevitable.
Así, la Constituyente fue declarada originaria pero, de manera tal, que resulta más bien original porque jurídicamente “sigue-está” derivada. Y si eso contenta a unos y a otros está bien. Y así también la fórmula mixta de votación que tornaría irrelevante la mayoría absoluta del MAS porque no sería ejercida sino para minucias. Y si ésta es una manera de encontrar un punto de equilibrio que permita, por lo menos, que nadie pierda no está mal.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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