Pasado el embeleso, primero, y después del zarandeo a nueve meses ya no sólo de los movimientos gremiales -¡incluidos cocaleros!-, sino también los “evaluadores” con y al actual gobierno del MAS, quizás podamos intentar algo que está mayormente ausente en nuestras miradas y perspectivas: la reflexión crítica en lontananza. En el gobierno es explicable, aunque no lo justifica, pues se suele equivocadamente asociar la reflexión como opuesta a la acción, aunque sabemos también que de la acción que se espera de cualquier gobierno tiene que ver con gestión... pero vayamos por partes.
Con todos los elementos de novedad con los que el nuevo gobierno inauguraba su periodo (mayoría absoluta, Presidente de origen indígena, compromiso manifiesto para llevar adelante la Asamblea Constituyente, etc.) las expectativas, como casi siempre, estaban sobreinfladas. Y lo estaban porque queríamos creer que esto de gobernar es asunto sólo de buena voluntad, y aquí parecía haber tanto como para la tan cacareada “revolución”. Con todos los méritos que se quiera como luchadores sociales, el primer Gabinete y sus estrechos colaboradores de los y las ministras, contadísimos tenían experiencia en funciones públicas y se privilegió su “simbolismo” que se esperaba -la inmensa mayoría que queremos que lo hagan bien- se compense con grupos de gente competente, pero se prefirió el más escandaloso “ninguneo” del que tengo memoria. Por supuesto que en el pasado, en estas dos docenas de años de democracia, también hubieron “listas negras” entre lo que hoy llamamos pardidocracia, pero este reciente es indiscutido campeón. Y así les va.
La polémica “nacionalización”: muy poco para unos y too much para otros, ayudó a diferir la imagen de que no se tenía muy claro dónde ir, ni cómo invertirse el enorme capital político que citamos al inicio. Antes se había sorteado, mal que mal, la cuestión de la convocatoria a la Constituyente, pero con el mérito de recoger la tradición --constitucional y principista- de que los grandes cambios deben tener mayoría calificada (los dos tercios famosos). Ya instalada, show mediante, apenas empieza a salir de asuntos formales que tienen que ver con el intento vano de evitar someterse a lo pactado y legal. Si queremos otra Constitución es porque se busca que exprese al país diverso -cultural y étnicamente- pero también política y regionalmente. Entonces querer hacerla desde una parcialidad, por numerosa que ésta sea es un despropósito; y mientras más se tarde en modificar esa pretensión más se desperdicia el tiempo, que en la cambiante política boliviana no es algo con lo que se pueda contar indefinidamente.
Hasta aquí una apretada reseña del desempeño del gobierno, a lo que hay que añadir la vigencia de un exasperante discurso de confrontación, a momentos bordeando el racismo -ministros Choquehuanca, Patzi, a veces incluso el Vicepresidente y desde luego el propio Presidente- que le han permitido a la inicialmente esmirriada oposición ir retomando presencia y a momentos abanderando discursos legalistas y de defensa de la democracia. Hace menos de un año, hubiera parecido imposible coincidir con el núcleo discursivo de los dirigentes regionales de Santa Cruz y Tarija, y desde que el MAS quiso incumplir los acuerdos básicos de la resolución política delineada en el proceso de enfrentar la profunda crisis política, no hay manera de no hacerlo para ser congruente con las convicciones democráticas mínimas.
Y ahí es cuando también crece el alud de opinadores dándole al gobierno de su propia medicina, sin matices, con todo, como nos gusta, en maniqueo blanco y negro. Huanuni aparece como el ápice de la incompetencia, pero también desnuda lo poco de Estado que tenemos y lo mucho de sociedad beligerante, en ciertos sectores. Salvador el acuerdo con la Argentina, no únicamente en su proyección económica, sino en el momento político. El gobierno está retomando la preocupación por los resultados de la gestión (así sea el facilón chauchita bono Juancito Pinto) y, más importante, bajando el tono y la estridencia: hasta el Ministro de Educación dice que reformulará el sospechoso RUDE. Si hasta el Chato Prada en Sucre al mes ya se empezó a decantar por concertar, ¡quién les dijo que mayoría absoluta es cheque en blanco! cuando los mismos datos electorales de esas mayorías (la de diciembre y la de julio) vinieron acompañadas de significativas votaciones (por prefectos no masistas en un caso, y por el sí a las autonomía, en otro).
Sigue faltando un rumbo estratégico que sólo puede ser político, y por ello quiero significar pensado para la convivencia en largo plazo antes que en el conflicto, ese nunca falta. El llamado Plan Nacional de Desarrollo carece del vector que lo proyecte en esa dimensión, pues sus referencias institucionales son vagas y se centran en desmontar o modificar sustancialmente las instituciones “del neoliberalismo”, como si el mundo de hoy pudiera prescindir del mercado, o éste sea accesorio. Su idea de Estado, en el mejor de los casos, es del siglo XX. No encontramos en el oficialismo, pese a tanto discurso ideológico indianista, ningún planteamiento desarrollado de Estado intercultural, por ejemplo, que debiera acompañar la conformación de las autonomía departamentales. Avanzando en ello ¿cómo la educación pública, a la que ningún estado-nación del mundo puede renunciar para formar ciudadanos pertinentes para su especificidad, combinará eso con campo para el reverdecer de las culturas originarias?, en vez de la tentación victimista y casi rencorosa en la que a menudo se incurre. La oposición y sus crecientes voceros ya debieran saber que el ser maniqueos como los “duros” del gobierno (incluida la ministra que hace jurar en nombre de los “movimientos sociales”, elevados así al rango de patria y divinidad) sólo ayuda a la polarización que poco sirve para producir las respuestas de largo aliento, a las que todos y todas debemos aportar si en verdad queremos sociedad de ciudadanos/as y no de ll´unkus y q´aras, versión local de “amigo-enemigo”.
En fin, si como desea fervientemente ese amigo cruceño que creía que entre algunos amigos y colegas de las distintas regiones de Bolivia podíamos hacer masa crítica para que ciertas voces dialógicas puedan oírse: “y si nos diera un ataque colectivo de sensatez”. O para ponernos de moda (retro) dijéramos con Marx: “he dicho mi verdad, he salvado mi alma”.
GRO es politólogo y Prof. universitario (CIDES-UMSA). En el cumpleaños del Presidente le regala esta nota porque no todos somos ll’unkus o q’aras.