Sucre. La tarde cae frente a la plaza y ese increíble conversador que es Ramón Rocha me cuenta una historia llena de ternura y solidaridad, dos palabras que solemos olvidar. Era un colegio como cualquier otro en Cochabamba. La particularidad la ponía el maestro de matemáticas. Ricardo era un profesor esforzado y pobre (como, lamentablemente, suelen ser los verdaderos quijotes de la enseñanza) que iba a clases con la camisa remendada pero con grandes ganas de compartir sus conocimientos. Claro que, de rato en rato, el maestro bostezaba hasta que el sueño lo rendía. En ese momento llamaba a sus alumnos favoritos, el autor de Potosí 1600 entre ellos, y rogaba que lo rodearan y cubrieran de las miradas externas del director y los celadores. El profe se había amanecido paseando a alguna de sus pequeñas hijas y no había pegado los ojos en la noche, aprovechaba entonces para dormir una siestecita. Después de unos minutos, con algo de fuerzas recuperadas volvía a impartir el arte de calcular.
Lo increíble de la historia es la solidaridad de ese grupo de estudiantes que jugaban en silencio, no vaya a ser que su maestro favorito se despertara. Llegué a la conclusión de que esto solamente hubiera sido posible porque realmente ese profesor era un ser extraordinario.
Por lo general, los adolescentes son tremendamente egoístas porque creen que el mundo gira a su alrededor. Pero esta historia demuestra que es posible que un profesor diferente convierta a los bulliciosos estudiantes en cómplices de sueños (en el sentido literal y en el figurado también).
Si el maestro hubiera sido uno de esos seres enfermos de poder que repartía golpes y prepotencia o uno de los muchos vagos que enseñan poco porque casi ignoran todo y cuya máxima aspiración es que les paguen sueldo por los días en los que no trabajaron haciendo huelga, con seguridad que Ramón y sus condiscípulos hubieran urdido algo para hacerle quedar en evidencia. Pero claro, Ricardo enseñaba y enseñaba bien. Puede que tomara algunos minutos para dormitar pero no es la cantidad de lo que se dicta, sino la calidad de ello lo que vale. Algo elemental que he tratado de hacer entender a cuanto burócrata se me ha puesto en frente creyendo su deber hacerme marcar tarjeta de entrada y de salida.
He escuchado muchas veces decir a catedráticos y profesores que prefieren que primero se les tema y luego se les respete. El resultado es una formación vertical y autoritaria propia de las dictaduras. La democracia debe alcanzar (si no comenzar) al hogar y al colegio. Por eso es tan importante que cualquier reforma educativa no esté centrada solamente en el profesor que de manera natural buscará como gremio mantener sus privilegios, sino en el conjunto de actores.
Hace 25 años que salí bachiller y ha pasado un montón de agua bajo el puente, pero recuerdo claramente que en esos tiempos una parte del curso ya pedía que hubiera enseñanza de idiomas nativos para extender puentes entre los bolivianos.
Recuerdo también que había un director de medio (de cuyo nombre prefiero no acordarme), quien quiso prohibirme que paseara tomado de la mano de mi chica, cosa que hice con más ganas, porque si algo aprendí de la generación apenas anterior a la mía, es que debe estar prohibido prohibir. Sé que si Ricardo Gumucio hubiera sido mi profesor, me hubiera apoyado, aún entre bostezo y bostezo.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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