Huelga de hambre de Unidad Nacional Las huelgas de hambre, si se las cumple con el rigor necesario, como en el caso presente, se hacen merecedoras de respeto y consideración. Es el recurso más digno por su pacifismo y heroicidad para hacer frente a los excesos de los que ejercen el poder.
El partido político más joven del país —Unidad Nacional— está haciendo una demostración del vigor de sus convicciones democráticas, al haber ingresado en huelga de hambre en repudio a la decisión del oficialismo de imponer el voto mayoritario en la Asamblea Constituyente, en vez de la aplicación de los dos tercios, como determina la Ley de Convocatoria al Referéndum.
La actitud tiene mayor simbolismo, desde el momento en que el ayuno voluntario está encabezado por su propio líder, Samuel Doria Medina, en mérito de lo cual está secundado por 18 piquetes de huelguistas en ocho departamentos de la República.
Ha habido ocasiones en que las huelgas de hambre perdieron credibilidad, porque se las utilizó mañosamente, pero esta vez el gesto de UN tiene todas las características de seriedad y decisión, pues se están produciendo bajas de consideración, aparte del notorio debilitamiento que se observa en los ayunantes, al haber transcurrido más de una semana de la privación de alimentos en que se encuentran.
Además, la huelga de hambre de UN adquirió mayor respetabilidad por la adhesión que ha merecido de parte de la ciudadanía independiente, la que se ha sentido igualmente avasallada por las torpezas del oficialismo.
La huelga de hambre de UN se realiza en demanda de la revocatoria del artículo 71 del reglamento de la Asamblea Constituyente, según el cual la mayoría que detenta el Movimiento al Socialismo (MAS) pasaría a ejercer un poder hegemónico en la aprobación de la nueva Constitución, con lo que se hace innecesaria la presencia de la oposición, por más minoritaria que fuera, extremo que en este caso no es evidente.
El MAS hasta ahora se hace la ilusión de que representa a la mayoría absoluta del país, cuando lo cierto es que sólo cuenta con el apoyo de la mitad de la población. La otra mitad está constituida por todas las fuerzas de la oposición. El “empate catastrófico” en que se halla el país es real.
En consecuencia, lo pertinente es que la nueva Constitución sea aprobada en consenso, por lo que se justifica plenamente que en las votaciones se impongan los dos tercios, tal como estipula no sólo la Ley de Convocatoria al Referéndum, sino la propia Constitución en vigencia.
Las huelgas de hambre, si se las cumple con el rigor necesario, como en el caso presente, se hacen merecedoras de respeto y consideración. Es el recurso más digno por su pacifismo y heroicidad para hacer frente a los excesos de los que ejercen el poder.
La Asamblea Constituyente, por lo mismo que es producto del multipartidismo y la diversidad política del país, debería ser un punto de encuentro entre todos los bolivianos. Lamentablemente, el MAS se empeña en convertirla en un escenario de pugna y confrontación. En estas condiciones, no parece tener la viabilidad requerida, pues está más cerca de la ruptura y el fracaso. Han transcurrido más de tres meses de su instalación y hasta ahora no encuentra el cauce para avanzar.
Entre tanto, la tensión y la incertidumbre se apoderan de la vida nacional, justo en un tiempo en que debería ocurrir todo lo contrario, de manera que el país aproveche al máximo las condiciones favorables que hay para estimular su desarrollo y progreso.