Las fiestas me han venido al pelo. Entre tanto baile comercial y reuniones familiares he podido escaparme a leer. Lo confieso: ponerme frente a un libro produce en mí el grado de evasión que necesito para lidiar con el día a día y en estas tardes navideñas necesito doblar la dosis para poder respirar.
Así devoré el libro de Marcelo Larraquy que da título a esta columna y que trata sobre la contraofensiva montonera de finales de los setenta. El autor pretende reivindicar a los guerrilleros que participaron en esa contienda no sólo en su papel de “desaparecidos” sino en el de combatientes, de hombres y mujeres que se enfrentaron a los militares con las armas en la mano y que fueron derrotados militarmente.
En pocos años los montoneros pasaron de seis mil a un centenar. Su dirección vivía encerrada en un sótano en La Habana ante el peligro de un atentado de los militares argentinos. Y, lo dice el libro, gran parte de sus cuadros que volvían a la Argentina eran veteranos soldados que ya no creían en los métodos de lucha ni en que ése fuera el momento para emplearlos pero que de todas maneras regresaron porque es muy difícil dejar de vivir como uno ha vivido cuando se arriesga la vida y porque cuando uno tiene muertos en el camino uno siente que les debe algo, aunque con frecuencia ese algo sea ir a reunirse con ellos.
Recuerdo muy bien una película que vi hace como treinta años: Waterloo en la que la Guardia Vieja de Napoleón forma cuadro para seguir combatiendo a pesar de que ya la batalla está perdida. Esos viejos soldados que siguieron al Emperador a través de toda Europa tienen ya la mirada vidriosa del que le da lo mismo estar más acá o en el más allá pero van a morir porque cuando uno convive mucho tiempo con la dama de la guadaña puede terminar enamorándose de ella.
La conducción de Montoneros creyó que la llegada del golpe de Estado los fortalecería porque el pueblo saldría a pelear a su lado y conformarían los cuadros de ese ejército popular. La verdad fue muy diferente. El golpe barrió con todos y lo único que quedó fue la resistencia cotidiana del movimiento obrero y las luchas estudiantiles que no en vano aportaron la mayor cantidad de desaparecidos.
A finales de los setenta a los mandamás de los Montos se les ocurrió que con un par de acciones y con el discurso de Mario Firmenich, su comandante, en señales intervenidas a los canales, se iba a lograr un levantamiento popular. El resultado fue la destrucción sistemática de los guerrilleros.
Y es que en política saber leer la realidad es indispensable para saber qué se debe hacer. Muchas veces nos enamoramos de los slogans y de las palabras sin darnos cuenta de que las vaciamos de contenido. Creo que algo de eso ha pasado los últimos meses en seno del MAS cuando se llamó a votar por el no a las autonomías y cuando se opusieron a los dos tercios.
Y es que hay quien cree en el movimiento gobernante que la cosa es profundizar antagonismo. Como si no hubiéramos aprendido que cada vez que eso ocurre la derecha nos pasa por encima. Además para qué si ya se es gobierno y lo que ahora hay que hacer es profundizar la gestión. La izquierda boliviana dio un gran paso cuando comprendió que la vía hacia el poder era la electoral. Perder de vista esto es tropezar de nuevo con la misma piedra. Ya está claro de que no se trata de morir por la patria sino de vivir por ella.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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