En una reunión con el anterior primer ministro de Malasia, Mahadir bin Mohamad, en Kuala Lumpur, pregunté hace pocos años qué clase de empresa era Petronás, la compañía petrolera de ese país. La respuesta fue: “Es una empresa privada”. Así que volví a preguntar: “¿El Estado de Malasia tiene algunas acciones en Petronás?” Y el doctor Bin Mohamad respondió: “Sí, tiene el 100 por ciento de las acciones”.
Los periodistas latinoamericanos presentes en la reunión rieron, pues creían haber escuchado un absurdo. ¡Una empresa privada que es de propiedad del Estado! La explicación llegó de inmediato. Petronás es del Estado, pero se la maneja con criterios privados, como el criterio de eficiencia, además de que aplica el balance de resultados.
Nadie, ningún político, puede interferir en el manejo de la empresa con propuestas o exigencias que le hagan perder eficiencia. No hace política social con los empleos de la empresa, sino con las utilidades.
Mirado desde esa perspectiva, lo que acaba de ocurrir en YPFB, con la renuncia de Juan Carlos Ortiz, es una mala noticia para el futuro de esa empresa. Los sectores oficialistas que lo alejaron han tomado una opción, que es la peor de las opciones para la tan difícilmente resucitada empresa.
Quienes ganaron la batalla interna en YPFB hicieron campaña contra la aplicación de criterios modernos en el manejo de empresa. Una alianza interna, de las que abundan dentro del gobierno, y que cuenta con el apoyo del vicepresidente Álvaro García Linera, ha logrado el alejamiento de Ortiz usando banderas contrarias a la modernización de la empresa.
Ha sido una batalla dura. La utilización de métodos modernos para la contratación de personal, mediante agencias que califiquen a los aspirantes y los seleccionen, fue la más resistida por quienes terminaron ganando.
Así, resulta que la “nacionalización” del petróleo dispuesta por este gobierno fue hecha para que algunos dirigentes del MAS puedan contratar a los nuevos funcionarios de la empresa.
Es la vía más segura para desprestigiar a un proceso revolucionario. Y es una decepción. Tanto discurso, tantos reproches, tantas alusiones a los 500 años, a los 181 años, y sólo vienen a hacer lo que hacían los corruptos de antes, los que mataron a las empresas estatales antes de malvenderlas.
Esta decepción llega cuando se cerraba la semana de festejos del primer aniversario del gobierno del MAS. Bien agitada estuvo la semana. Tuvo ponchos rojos con armas y luego ponchos rojos sin armas. Con gorro y sin gorro. Tuvo una derrota en el Senado y una concesión en la Asamblea Constituyente, ambas matizadas con insultos a la oposición. Tuvo ofertas de reconciliación nacional matizadas con alguno que otro improperio. Es una cuestión de estilos.
Al final, en el balance del primer año del gobierno, me quedo con la eficiencia de mi amigo Wálter Chávez. Manejó con manos maestras la imagen del gobierno. A una reforma tributaria petrolera decidió ponerle el nombre de “nacionalización”. Y luego, con igual pericia, nos vendió aquello del 82-18.
Hace 20 años se decía de otro amigo, Mario Rueda Peña, que había sido el mejor ministro de la UDP, porque nos hizo creer a los bolivianos que había gobierno. Ahora se podría decir que Chávez nos ha hecho creer que esta es una revolución.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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