El proceso de cambio conducido por el presidente Evo Morales, como muchos otros procesos, ha arrancado con luces y sombras. En su inicio, la gran expectativa/esperanza estuvo centrada en la posibilidad histórica de ejecutar una revolución en democracia y en paz, capaz de resolver diversos problemas estructurales de Bolivia, originados en injusticias, inequidades y discriminaciones que hicieron inviable la introducción de nuevos ajustes en el viejo orden.
A estas alturas, lo preocupante es que las percepciones respecto de esa gran expectativa inicial se encuentran muy distanciadas, divididas y polarizadas. Para muchos, medidas emblemáticas en áreas relacionadas con la recuperación del dominio sobre los recursos naturales, la otorgación de ciertos beneficios/atenciones a sectores tradi- cionalmente marginados, la eliminación de ciertos privilegios o la incursión de nuevos actores en la gestión pública; habrían mantenido latente esperanza inicial. Sin embargo, para muchos otros los protagonistas del cambio ya habrían demostrado su incapacidad para ejecutar una revolución incluyente, eficaz y sostenible, debido a que diversas acciones gubernamentales habrían provocado situaciones de violencia/revancha y el nacimiento de un nuevo tipo de discriminaciones.
Más allá de estas dos perspectivas polarizadas, resulta conveniente tener en cuenta aquello que, en definitiva, terminará acercando o distanciando a las partes, y que no es otra cosa que resultados concretos a partir de una capacidad de gestión gubernamental eficaz y eficiente. Así, la solvencia en el manejo de la cosa pública será crucial para producir un mejoramiento de la calidad de vida de los bolivianos, y ésta a su vez será el factor determinante para generar una legitimidad “de rendimiento” o “de ejercicio”, en que descansa la gobernabilidad democrática.
Se debe considerar que en el manejo de la cosa pública, como sucede en las más diversas áreas, los resultados normalmente son producto de trabajo y esfuerzo eficaces en más de un 90%; y el resto, a la inspiración y la genialidad.
En ese sentido, sobre la nacionalización de los hidrocarburos señalamos oportunamente en la revista Nueva Empresa que “si bien sus dos primeros momentos —referidos a la promulgación del correspondiente Decreto Supremo y a la suscripción de los
contratos con las empresas petroleras— fueron fundamentales; el tercero será determinante en términos de la calidad y de la cantidad de los resultados del proceso ... ya que las tareas de administración de los contratos, de aprobación de planes y proyectos así como de supervisión y control de su correspondiente ejecución, encomendadas a YPFB, son en sí mismas complejas”.
A la luz de los problemas que todavía enfrenta la refundación de YPFB, no cabe duda de que la capacidad de gestión que pueda demostrar el Gobierno —donde confluyen capital humano, sistemas de administración y control, normas, idoneidad, transparencia, convicción—, será decisiva para el éxito del proceso.
Si se considera que una situación similar se presenta actualmente en múltiples procesos decisivos para ejecutar cambios con resultados, urge tomar medidas para evitar que la incapacidad de gestión se convierta en el talón de Aquiles del ansiado cambio.
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