Las relaciones con Brasil requieren de reciprocidad, esto es que Bolivia rectifique su política del último año y, por sobre todo, demuestre madurez en la necesidad de guardar una relación justa, sí, pero también fluida y cordial en todo momento con el vecino.
En realidad, no es suficiente hablar de vínculos diplomáticos con Brasil, sino de los altos intereses que Bolivia tiene en juego con su coloso vecino. Aunque en los hechos existe ya un motivo sustancial para que las relaciones entre los dos países sean de excepción, por los 3.000 kilómetros de extensión que tienen en sus límites fronterizos, sucede que en los últimos años han surgido intereses de muy alto rango entre las dos naciones vecinas.
Sin lugar a dudas, el mayor ingrediente de esta situación es el cuantioso negocio que se tiene con el gas natural. Además de ello, hay la posibilidad de que sobre esta base se puedan construir complejos industriales, como los petroquímicos y los termoeléctricos. Igualmente, puede alimentarse una estrechísima relación en el caso de que se concierte la construcción de dos plantas binacionales de energía eléctrica aprovechando las aguas sucesivas del río Madera, se impulse la creación entre los dos países de una empresa de investigación de productos y semillas para su aprovechamiento en las áreas agrarias y técnica recíprocas, así como los efectos que tendría la explotación del yacimiento de hierro del Mutún.
Pese a existir estas y otras posibilidades de integración bilateral, la conducción de las relaciones de Bolivia con Brasil en el último año han sido infortunadamente mal llevadas. Justo cuando se suponía que los vínculos entre los gobiernos de Evo Morales y Luiz Inácio Lula da Silva serían óptimas, por suponerse que tenían similitudes políticas, el gobierno de La Paz actuó con gestos inamistosos y hasta de agresividad.
Habrá que recordar que el presidente Lula exteriorizó una especial disposición para aumentar el precio del gas que le vende Bolivia y, además, tenía avances en las conversaciones para construir el complejo petroquímico en Puerto Suárez. Incluso se habló ya de los montos a invertirse. Más aún, en algún momento el ex embajador Antonino Mena Goncalves anunció que su país estaba dispuesto a duplicar las compras del gas boliviano.
El gobierno de La Paz, quizás, no supo apreciar el valor de todas estas posibilidades, más bien su accionar era de frialdad, hasta el extremo de que cuando se produjo la ´nacionalización´ de los hidrocarburos se dispuso la toma de las áreas de trabajo de Petrobras, incluyendo la gasolinera de La Paz, por efectivos militares. Y, por último, se hizo el intento de expropiar o confiscar las dos refinerías que operan en Bolivia.
Desde ese momento, Brasil, particularmente Petrobras, desistió de sus planes con Bolivia y el presidente Lula se negó reiteradamente a hablar con el presidente Morales del aumento de precio del gas, diciendo que este era un tema comercial y no político.
A pesar de estos antecedentes desfavorables, el presidente Morales se apresta a viajar a Brasilia, se presume que con el ánimo de recomponer las relaciones con el presidente Lula. De darse tal posibilidad, sería un gesto muy generoso del mandatario brasileño. Empero, en caso de producirse ello, requiere reciprocidad, esto es que Bolivia rectifique su política del último año y, por sobre todo, demuestre madurez en la necesidad de guardar una relación justa, sí, pero también fluida y cordial con un vecino que en los últimos tiempos se ha convertido en el más importante que tiene el país.