La vida me ha dado la oportunidad de trabajar en el mundo árabe, una cultura que nos recuerda a cada momento, que hasta hace apenas unos seis siglos eran un eje del desarrollo mundial. A través de ellos, Occidente recibió la mayor parte de la filosofía, la química y la física del mundo antiguo, a más de poesía, cocina y arquitectura. Fueron dueños del Mar Mediterráneo y hasta de Austria. En Egipto, he visitado universidades, centros de excelencia muy anteriores a los europeos. Hace mil años, Avicena (Ibn Sina) realizó como otra miríada de científicos musulmanes, avances indiscutibles en la anatomía y en la fisiología que apenas se convirtieron en ‘ciencia’ con premios Nobel como el de Ramón y Cajal.
Al mismo tiempo, en los viernes sagrados en que hemos tenido que realizar labores de evaluación con mis equipos de técnicos, ellos me traen el mensaje: “hoy el imán fue muy claro al pedirnos el último sacrificio a los jóvenes: inmolarnos matando por lo menos un demonio occidental, ojalá (Imshalah) un militar o un político, pero en su defecto cualquier infiel”… ¿Tendremos que matarlo a usted doctorcito?
Después de ocupar un lugar privilegiado en la historia y el desarrollo, el mundo islámico se halla reducido, con honrosas excepciones —como los Emiratos— a una cultura con la sensación de ser ciudadanos de segunda, que basan su existencia en el control de una sola materia prima en manos de unos pocos y una bronca infinita hacia sus mercados; su objetivo pendular es: ‘hacer desaparecer a quien envidio para no tener que envidiar a nadie’.
¿Qué los llevó allá? Indudablemente las Cruzadas tan iluminadas y tan ciegas como la conquista de América, escribieron el primer capítulo del odio; más adelante, la derrota en España y luego un imperio turco que se alejó de las raíces esenciales. En tiempos contemporáneos, una dominación europea que ni siquiera consideró a las naciones árabes como colonias válidas, dada su aridez y pobreza. Y finalmente, las guerras del petróleo, desde Laurence de Arabia hasta el conflicto en Irak, en las que el mercado trata de ‘domesticar a un productor que desprecia’.
Las oportunidades satisfechas, la arrogancia y la capacidad tecnológica, gerencial y bélica de Occidente, se aprecian desde allá como inverosímiles, y en el fondo, percibo el más iracundo complejo de inferioridad, aun con dinero de sobra ante la imposibilidad de igualar a Occidente… mejor es lapidarlo.
En nuestro universo paralelo y guardando las distancias, Brasil, Chile y hasta Argentina están más cerca del mundo de los envidiados que de aquel de los co-envidiadores. ¿Podría llegar a ser la bronca étnico-cultural el resultado de un complejo? La consecuencia sería desastrosa. Bolivia para sobrevivir como nación debe buscar a toda costa y sobre bases reales, la cimentación de una autoestima nacional.
Jorge Zapp
es consultor internacional.
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