¿Por qué celebramos una derrota? El pasado 23 de marzo, en medio del centro de la ciudad cercado, atravesado, ocupado por escolares y cadetes desfilando y caballos gallardamente adornados, mi hija me hizo esa pregunta aparentemente ingenua que, sin embargo, tuvo la virtud de recordarme, una vez más, que desde que tenemos uso de razón las y los bolivianos somos sometidos a mirar, escuchar, aplaudir e incluso, a veces, y, en mi caso, francamente contra mi voluntad, a desfilar en homenaje al Día del Mar.
Si una mañana entera al inclemente sol altiplánico es una tortura, imagínense lo que esa misma jornada significa al ardiente sol en Santa Cruz. Para colmo, mi metro y medio de estatura me puso, siempre, en la última columna; por lo tanto, cuando las de mi talla pasábamos por el palco oficial no quedaba autoridad despierta, sonido de banda ni público; entonces, en plena desbandada de los que ya habían desfilado y se premiaban con jugosos y colorinches picolés, hacíamos un paso deslucido y patético, arrastrando cuatro horas de plantón y una sed del tamaño del río Piraí.
¿Qué hay detrás de los ritos, discursos y la palabrería patriotera respecto al mar? Un anhelo de conservar la memoria, un dramático sentimiento de pérdida, despojo y derrota; pero también una histórica cortina de humo. Es que nos educan con mitos sobre este asunto.
Los principales mitos nos recalcan que somos pobres porque no tenemos mar, que los chilenos nos lo quitaron porque ellos son vivos y nosotros somos pobres, feos y malos (un presidente se guardó el telegrama de aviso de la invasión, los generales a cargo se perdían en el camino, nadie tenía armas, etc.).
Con seguridad todo este “son de mar” en ritmo de yaraví o lamento boliviano (ojo, sirve igual para collas y cambas) tiene bases históricas, de las que varios serios historiadores nos han transmitido análisis y argumentos. Pero, la misma lógica con que analizamos las causas nos debiera servir para mirar hacia adelante y poder reconocer y decir sin miedo a parecer poco patriotas que de tanto lamentarnos no gastamos energía ni esfuerzo en desarrollar una estrategia sobre la negociación marítima coherente, real y sostenida. Los giros y superficialidades de la mayoría de los presidentes de turno, con honrosas excepciones, se agotan, y nos agobian, en los discursos y los desfiles. ¡Ya quisiéramos que la persistencia de los ritos transmutara en ejes consistentes de política exterior!
¿Qué queremos las y los bolivianos? ¿Seguir desfilando patéticamente o contar con beneficios reales de una negociación útil con Chile y Perú? Queremos relaciones respetuosas entre estos países, acceso al mundo y sus mercados, vender lo que producimos y comprar lo que producen otros, tener la certeza de que hay diplomáticos serios, formados y honestos para defender los intereses del país, salir de este auto-enclaustramiento mental que persigue mágica, ilusoriamente un son de mar simbólico. Menos música y más resultados.
Para darnos eso los gobernantes tendrían que contar con una política coherente, diseñada desde la realidad y no desde la ilusión, transparente, moderna y sostenida, es decir que no se cambie al son que toque cada nueva gestión, sino a golpes de resultado.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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