Entre la pelota de fútbol y los tres mosqueteros, la noticia me llegó muy claramente. Había golpe en la Argentina. Recuerdo que en canal 7 hablaban del bombardeo a la Casa Rosada. Tenía 13 años. Pero ya sabía que lo que vendría era oscuro.
Meses después llegaba hasta mí el adiós a Sui Generis, que aunque ocurrió el 75 arribó aquí el 77. Era la época de la lucha contra la dictadura banzerista, mis primeras militancias. Y luego, la escuela de cuadros: A más del marxismo aprendí cómo hacer un cóctel molotov y cómo manejar una dinamita. Saberes, que reconozco, no me han servido de nada, sobre todo porque nunca tuve la necesidad de llevarlos a la práctica, seguramente porque en el POR se hablaba mucho más de lo que se hacía. Ahí estaba yo, un niño que arribaba hasta la casa de seguridad donde imprimir el periódico de mi partido, con mi pelota de fútbol, mis chuteras y mi cara llena de acné, propios de mis 16 años.
Con los años el acné se fue, y llegaron las lecturas de Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, dos periodistas que se la jugaron por completo, dos escritores que escribían su condena a la dictadura con su propia sangre.
Hace 30 años a Rodolfo, el de Operación Masacre, lo secuestraron después de su carta en la que tan lúcidamente condenaba a la mafia de Videla y compañía. Por esas épocas, Haroldo Conti, del grupo trotskista guevarista Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), tomaba una pastilla de cianuro para evitar que los militares lo torturaran, lo vejaran y humillaran.
Cómplice de sus sueños, estoy seguro de que ambos hubieran disfrutado a plenitud el proceso que vive hoy Latinoamérica. Sobre todo, Bolivia.
Comencé a militar a los 14 años. Sueños después fui secretario ejecutivo, suplente, de la FUL a los 19. Estaba equivocado, pero no cambiaría ni uno solo de los días que viví en el error. Porque lo que estaba al frente era cien veces peor a cualquiera de nuestras pesadillas.
Derrotados en nuestro ímpetu revolucionario triunfamos en el resto, en el mundo de nuestras banderas. La democracia de la que gozamos hubiera sido imposible sin el coraje de ese entonces. Ni qué decir de equidad y justicia social.
Treinta años después nada es blanco y negro. Y nuestros hijos lo saben. Y apuestan a nuevos amaneceres. Y, sin embargo, ninguna de esas auroras sería posible sin el coraje que pusimos los compañeros de sueños de Rodolfo y de Haroldo.
Hace treinta años era un niño, pero ya comenzaba a comprender que libertad se escribía en las paredes de mi ciudad en las noches sin luna. Y me regodeo en eso, además de dar gracias a Bolivia por permitirme ser quien soy. Puedo autocriticarme de mi militancia. De hecho escribí un libro al respecto. Pero jamás de haber luchado por una Bolivia diferente. Lo sé. La mía fue una vida de rupturas cuyo símbolo inaugural se tradujo cuando a los 13 años regalé mi acción del Tenis Club.
Hubo errores. Pero ninguno de ellos puede asimilarse a la masacre que vino después. No lo digo yo. Lean cualquier periódico argentino y verán para quiénes son los homenajes y quiénes son los malos de la película. Entre otras cosas, porque la derecha es incapaz de construir intelectualidad. Hay unos pocos, claro, pero la gran mayoría de quienes escriben, o dibujan, o cantan, tienen el corazón a la izquierda. Está demostrado: preferir lo injusto en una opción, pero no tiene estética.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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