Uno de los grandes riesgos de quienes viven momentos traumáticos en sus vidas personales y en sus vidas colectivas, es el de querer volver atrás, suponer que el tiempo se congela, creer que es posible recobrar el tiempo. El tiempo, ese arbitrio humano magnífico y terrible, es una forma de medir lo inasible, es como el agua que se escapa entre las manos, simplemente testimonia nuestra finitud y nuestro carácter perecedero. Es la maldición del fin inevitable, o la bendición de liberarnos de un transitar que, eterno, sería simplemente intolerable.
La historia no es otra cosa que la constatación de ese transcurso. No debemos ceder a la tentación de detenerla o de volver atrás, sobre la hipótesis de que ese tiempo ya perdido fue mejor. Quizás, y esa es también una curiosa testificación de lo humano, debamos aceptar la circularidad de ese tiempo que no se repite exactamente pero que fiel al mito de Eliade, vuelve —distinto— a repetir aquello que nos es esencial para sobrevivir, según el momento y la circunstancia. Lo que parecía hundido para siempre, aparece de nuevo en el horizonte. La historia, así, se burla de sí misma y nos demuestra que nada es definitivo, nada es irreversible. Pero la paradoja debe ser bien entendida si queremos aprovechar sus terribles lecciones. No podemos mirar atrás para otra cosa que no sea aprender y ligarnos a nuestro pasado, para saber quiénes somos, qué hicimos y de dónde venimos realmente. No podemos suponer que el presente construye futuros definitivos, pero tampoco podemos vivir de la nostalgia de lo ya terminado.
Nuestra historia ha tenido algunos momentos cruciales, cambios que lo modificaron todo. Enero del 2006 fue un cambio de esa magnitud, como el terremoto que ha reordenado las capas tectónicas subterráneas. Igual que en 1952, hay muchas cosas que terminaron definitivamente. Sin embargo, por muchas razones, no sabemos si estamos viviendo ya el nuevo tiempo. A pesar de ello, la profundidad de los símbolos —muchos—, encarnados en una sola persona, le da a este momento un relieve especial. Las puertas al campo —que decía Octavio Paz— están abiertas para todos por primera vez. Eso es una constatación de una trascendencia que apenas podemos imaginar. Ese “todos” que había sido incorporado en muchos sentidos y direcciones en décadas pasadas, no se sentía “todos”, porque lo principal, el eje del poder, le estaba vedado. Eso no ocurrirá más. Finalmente, la idea de la igualdad tiene un referente, el más importante, el vértice del poder, el que atraviesa el corazón del Palacio Quemado. Es un hecho más allá de cualquier contenido, más allá de cualquier discurso, más allá de cualquier juicio de valor, y hay muchos que se pueden y se deben hacer.
Por eso ya no podemos mirar a nuestras espaldas sin el alto riesgo de transformarnos en estatuas de sal. No podemos abrazar por puro reflejo a quienes decidieron voluntariamente inmolarse en su propia ceguera, a quienes escogieron negarse a sí mismos la posibilidad de redención cuando pudieron, a quienes creyeron que el mundo sería el mismo siempre, con la mesa tendida sólo para ellos.
Si somos capaces de entender que el secreto no está en derribar una muralla que no es una persona sino una nueva lógica, que aquí no hay que escoger un camino porque es el contrario al del otro, que no se trata de destruir lo que existe porque creemos que está mal sin desear de verdad construir otra cosa mejor, entonces sí podremos saber que el discurso, los principios y los paradigmas que debemos encarar deben ser nuevos, más allá de esta inmensa confusión, más allá de la retórica revolucionaria, más allá de la “fundación” de la historia todos los días y más allá de las profundas y equivocadas trincheras de guerra que se cavan para reivindicar siglos.
El futuro que nos toca tiene poco que ver con el futuro que se vislumbró desde las almenas del fin del siglo XX. El nuevo siglo nos ha deparado desgarramientos insospechados pero necesarios, bocanadas de odios y rencores inevitables que se deben quebrar desde abajo, desde su propia entraña. Es necesario reconstruir un imaginario colectivo en el que todos nos miremos sin miedos ni atavismos, en que sea posible un diálogo multilingüe pero respetuoso, en el que la lógica de los privilegios sea desterrada, en la que podamos sembrar un sentido de nación, más allá de la región, más allá de la etnia, más allá de lo popular, pero con ellos, a través de sus andamiajes, sin negar ninguna de esas características que nos identifican con lo más íntimo de cada uno de nosotros.
Hay un pasado que se está hundiendo irremisiblemente, aún y a pesar de los ciclos y los eternos retornos. Hay cadáveres que se volverán polvo y serán un recuerdo del que podremos aprender, pero son cadáveres. En este nuevo tiempo es indispensable entender que el país que conocimos está cambiando. Debemos agradecer que nos haya tocado vivirlo, pero debemos aprovecharlo, arrancándolo del autoritarismo, de la ceguera discursiva, de los gérmenes de la revancha, de la incapacidad de proponer horizontes verdaderos de todos y para todos.
Es la llegada por fin, de una larga marcha que comenzó hace milenios y que atravesó bosques y desiertos para encontrar una meta crucial, la del espacio de todos. Ahora nos toca compartirlo, entre iguales, con nuestras diversas miradas y ojos y lenguas y almas. Es necesario tejer una nueva trama que sea verdaderamente policroma. Abrir la mano parece más difícil que ofrecer el puño, ahí está la diferencia y el desafío. No basta con simbolizar el cambio, hay que ejecutarlo en democracia y con todos.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
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