Según el último dato estadístico, en Bolivia durante el 2006 se produjeron, por día, un promedio de 73 hechos de tránsito. Esta cifra superaría el registro histórico más alto que se dio en el 2000 cuando se establecieron 54 sucesos diarios de la misma índole. Esta información viene a propósito de la preocupación nacional que ha surgido respecto de las causas y las consecuencias que provocan los incidentes de tránsito en el país y el desarrollo de la primera semana mundial de las Naciones Unidas sobre la seguridad vial.
¿Qué hace que las vías sean inseguras? ¿Un conductor en estado de ebriedad, un peatón distraído o descuidado, un vehículo con exceso de velocidad, un automóvil con más pasajeros que asientos, la falta de señales de tráfico? Lo más probable es que todo aquello. ¿Qué hacer para tener seguridad vial? ¿Contar con señales de tránsito claras, emitir más normas y prohibiciones de las ya existentes?
En el propósito de responder a todas estas preguntas, y a otras, que hacen a un problema cotidiano en todas las ciudades del país, se han encontrado muchas respuestas. Desde aquellas que corresponden a la responsabilidad de los conductores hasta las que competen a los transeúntes. Ambos usuarios de las vías. Otras tantas responsabilidades son de las autoridades, es decir, no sólo de la Policía o las unidades operativas de Tránsito, sino también de las alcaldías, del Poder Ejecutivo y de la Superintendencia de Transportes.
Pero más allá de qué responsabilidad corresponde a quién, es posible afirmar que sólo con educación vial es factible tener ciertos rangos de seguridad vial.
Es tanta la ausencia de educación vial que la Alcaldía de La Paz tiene la experiencia más cruda de esa realidad en el país. Esta comuna ha tenido que llegar a la parodia y crear animales de fábula para representar a los infractores de las normas de tráfico. De allí las cebras y los burros. Y ahora prácticamente se ha visto obligada, para ordenar el tráfico de vehículos y de personas, a colocar vallas —cual corral de granja— a lo largo de por lo menos tres cuadras de una de sus principales avenidas. Pero aún así existe quienes desafían a la autoridad y al peligro y cruzan, por encima de la valla, para coger un autobús en la vía y en movimiento. Esa es la educación vial del paceño, en su mayoría.
En el resto del país, no existe ciudad alguna donde, por ejemplo, el uso del cinturón de seguridad o del casco para la motocicleta sean leyes que se cumplan. Ambos elementos de seguridad salvan vidas, reducen bastante las lesiones en caso de accidentes y evitan traumas físicos.
El quinto pasajero en trufis, los buses con pasajeros en pasillos y colgando en la puerta, la saturación de avisos en los parabrisas de los minibuses, vehículos de servicio público que han cumplido su tiempo de utilidad, entre otros, forman parte de las batallas perdidas que en su momento las autoridades intentaron librar (regular) y no pudieron frente a la intransigencia de choferes. Si a eso se añade la venia del ciudadano que se convierte corresponsable de la inseguridad y permite la violación a su derecho, el cuadro está completo.
Sólo con educación, poder de autoridad, medidas correctivas y leyes que se cumplan será posible hablar de seguridad vial.