Una deuda con el empleo La perspectiva tiende a ser peor. La inversión extranjera, que normalmente suele ser un buen instrumento para la creación de puestos de trabajo, tanto de profesionales como de obreros, disminuyó dramáticamente y la tendencia no mejora...
La conmemoración del Día del Trabajo se instituyó a raíz del ajusticiamiento de los dirigentes sindicales Saco y Vanceti, en los Estados Unidos, por haber demandado que las horas de trabajo se reduzcan a ocho. En esa época —siglo XIX— no existía un límite sobre el particular, lo que se prestaba a una explotación inmisericorde de la fuerza de trabajo. En homenaje a tales sacrificios, en gran parte del mundo se hizo la misma exigencia, por lo que aquella fecha luctuosa pasó a constituirse en una expresión de lucha permanente, hasta que finalmente se consiguió que las horas de trabajo se reduzcan a ese límite.
Por esta circunstancia, la conmemoración pasó a ser, a la vez, una fecha de celebración, como ocurre en la actualidad. Ahora, se dan incluso casos en que el período de trabajo diario sea menor a las ocho horas, como sucede, por ejemplo, en Francia.
La situación casi generalizada, empero, se ha trocado en otro drama: el desempleo. Millones de seres humanos carecen en el mundo entero de un puesto de trabajo para tener una vida digna. El aumento de la población y el desarrollo tecnológico, que sustituye o reduce la cantidad de empleos, tiene como consecuencia inevitable el que se haya multiplicado la pobreza.
Millones de seres humanos, incluyendo a los que viven en los países desarrollados, están padeciendo por la ausencia de un puesto de trabajo permanente. Por causa de ello, la informalidad en el trabajo está determinando que muchos desmejoren sus niveles de vida y pasen momentos de angustia para sostener a sus familias.
En Bolivia, la desocupación abierta afecta al ocho por ciento de la población económicamente activa, de acuerdo con los informes oficiales. El año pasado se habría producido una disminución de algunas décimas, pero la situación continúa siendo muy adversa.
Se estima que más del 40% de dicha población tuvo que refugiarse en el trabajo informal, en el que los salarios son exiguos, aparte de que carece de la seguridad social y no está permitiendo el tomar la previsión más importante: la jubilación, que es el seguro de vida más idóneo para sobrellevar los difíciles años de la tercera edad.
Es de esperar que la reforma de pensiones, que se halla en estudio del Congreso, vea también la forma de incluir en la seguridad social y la jubilación por lo menos a las personas que trabajan en las pymes. Se trata de un buen contingente de personas que merecen ser protegidas.
Otra situación muy preocupante se está produciendo en la clase media. Hay profesionales de altísimas calificaciones que están desocupados desde hace más de un año, por efecto de los retiros en masa en el aparato estatal. Aparte, la gestión pública ha perdido mucha calidad, si acaso no está paralizada.
Por todo ello, este Día del Trabajo en Bolivia no es motivo de mayores celebraciones. Los anuncios oficiales que se puedan hacer, sobre algunas medidas gubernamentales, no resolverán lo más atingente del momento, el desempleo masivo que existe.
La perspectiva tiende a ser peor. La inversión extranjera, que normalmente suele ser un buen instrumento para la creación de puestos de trabajo, tanto de profesionales como de obreros, disminuyó dramáticamente y la tendencia a mejorar no guarda certezas para el presente y menos para el futuro.