Las hay sabias, insensatas, abnegadas, egoístas, “súper woman”, quejicosas, absorbentes, libertarias, tolerantes, protectoras, castradoras y devoradoras, entregadas y desentendidas… En fin, hay de todo y para todos: madres, madrastras, madrinas, abuelas y suegras. Pero, todas tienen en común algo que les da, inevitablemente sólo a ellas, en rotundo femenino, lo quieran o no, lo tomen o lo dejen: el milagro de la maternidad.
Afrodita amó y protegió sólo a sus hijos bellos, aquellos que la expresaban. La Madre Teresa buscó especialmente a los pobres, abandonados, maltratados y deformes. Lady Macbeth quería el poder, igual que Medea, la venganza, aun a costa de la vida de sus hijos.
Naturaleza y cultura. La maternidad tiene esa cualidad doble y muchas veces contradictora en sí misma, en ella radica una fuerza luminosa, que muchas veces puede ser también oscura. La historia, la mitología y la literatura abundan en personajes, estereotipos y modelos que provienen de la luz o de la oscuridad y, muchas veces, de ambas.
Naturaleza por lo que es evidente: la posibilidad de la maternidad es intrínseca al sexo, al ser biológico de la mujer. La cultura alude a lo que la sociedad nos enseña: que esta condición supone necesariamente ser madres, y serlo, en general, de una sola manera: la entrega total.
“Abnegada soporta las cruces, en su frente se marca el dolor”… cantábamos en mi escuela, hace un montón de años. Era el himno a la madre y, como ustedes pueden apreciar, su letra se encargaba de recordarnos que la maternidad era un “camino de espinas”. Pero, ¿es cierto? Parece que no. De hecho, la maternidad también es poder. Poder de transmitir la cultura, de influir, de crear y de decidir. Las madres pueden ser muy poderosas, no sólo desde la tarea de cuidar a los desvalidos infantes, sino desde el vínculo que forja su relación con los hijos. La víctima es sagrada en la cultura occidental y quizá por ello la sociedad prefiere ver a las madres como ese modelo de abnegación, sin lograr ocultar que por debajo hay un manantial de poder.
No importa en qué veta se busque, las madres están presentes como una fuerza ciega de la naturaleza y, quizá por ello, es que no se les suele perdonar que no actúen de acuerdo al molde convencional. Por ello también la maternidad es un tema permanente de reflexión, debate y muchas veces de confrontación entre las corrientes del feminismo.
Por ejemplo, según la académica y feminista francesa Elisabeth Badinter, la mujer es tan ambiciosa como el hombre, no existe la tan mentada naturaleza femenina, la violencia no es exclusividad de los hombres y el amor maternal no es innato, ya que: “La ternura de una madre nace del contacto con el niño”, dice. Pero va aún más allá, al criticar el discurso feminista de denuncia de la opresión de las mujeres que, según cree, logra “transformar a la mujer en víctima absoluta, mientras que el hombre es definido como un verdugo irrecuperable a quien se le intima a cambiar, y rápido, la manifestación de su sexualidad”.
Quizá sea tiempo de reconocer que la maternidad, como muchas otras fuerzas de la naturaleza que son permanentemente apropiadas y mutadas por la cultura, no es estática y transparente. Parir es poder. Yo no quise renunciar a eso. Y no me arrepiento.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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