La Paz, sólo de nombre Si los vecinos de esta ciudad no se manifiestan o no se dan cuenta del hastío al que se está llegando, el futuro inmediato y de largo plazo de La Paz está empeñado. De nada habrán servido las obras de mejoramiento y modernización de la urbe paceña.
La Paz es una ciudad castigada que no hace honor a su nombre. Y es que lo último que tiene es paz. La Paz se constituye no hoy, sino desde siempre —históricamente, si se quiere— en una de las urbes más críticas de Bolivia, donde confluyen todos los conflictos y donde todos los sectores sociales del país la han tomado de rehén hace muchos años. Es presa del conflicto, del caos y del desorden.
Y no por falta de autoridad municipal porque el tema no pasa por el esfuerzo que haga o deje de hacer la Alcaldía para ordenar la ciudad. No pasa por las manos del Alcalde. Pasa por una cultura fuertemente arraigada de hacer de La Paz el centro del estallido de la protesta, de sus calles el escenario del bloqueo, de su centro urbano la plataforma de la violencia de las masas.
¿Quién aguanta tanto? El ciudadano, el paceño, que a veces ya deambula por las calles como haciendo parte de su cotidianidad el revuelo social, los estallidos de dinamitas, las marchas en las calles, los bocinazos de los choferes histéricos, el griterío sin cesar de voceadores de minibuses, el gentío enloquecido.
Pero si se cree que este aguante se sostiene, la gente se equivoca. La Paz debe tener entre sus ciudadanos a las personas más estresadas de Bolivia, que viven atormentadas e impedidas de ejercer sus derechos fundamentales todos los días. Puesto que así como se respeta —al grado de la tolerancia insensata— el derecho a la protesta, el ciudadano de esta ciudad está impedido de hacer respetar el derecho, individual y colectivo, a la tranquilidad, a la libre circulación.
Cuánta actividad productiva es mermada diariamente en La Paz, cada vez que maestros, mineros, normalistas, salubristas, universitarios, gremialistas, choferes, ropavejeros, contrabandistas y cuanto sector social se le ocurre tomar la ciudad, por asalto, violentando todos los días la vida de la urbe, sus actividades productivas y la de sus habitantes.
Simplemente, resulta un extremo cómo se puede permitir, por ejemplo, que un grupo de 40 choferes de vehículos interprovinciales paralicen una ciudad donde se moviliza una población que supera el millón y medio. Un gremio le cerró el paso al ciudadano de esta ciudad, con sus vehículos, en una de los rutas más neurálgicas. Y allí no hubo aquello de "en la Pérez no se para, no se sube, ni se baja". Es decir, todo se paró.
Si los vecinos de esta ciudad no se manifiestan o no se dan cuenta del hastío al que se está llegando, el futuro inmediato y de largo plazo de La Paz está empeñado. De nada habrán servido las obras de mejoramiento y modernización de la urbe paceña. Sólo habrá que ponerse a pensar que es probable que aquellos pasos a desnivel, puentes trillizos, la Camacho y las otras vías alternativas serán instrumentos para la protesta y el bloqueo.
Algo se deberá hacer. Por lo que toca a este matutino, se ha abierto un espacio —y esto no es motivo de orgullo ni nada menos— denominado "Marchódromo" donde se reflejará a diario a qué está sometida La Paz. Así, mínimamente, el ciudadano sabrá, primero, a qué atenerse cada vez que pisa el centro urbano pero, segundo, se espera que tome conciencia que esto de que la ciudad haga crisis todos los días, debe llegar a su fin y que la cultura de la permisividad hacia la protesta debe tener un límite: es decir, donde empieza el derecho del otro.