Cada mayo, Macha rememora el encuentro donde se combina su pasado inca, el espíritu de la Pachamama y la victoria del más fuerte.
Patricia Cruzado Villalobos Fotos: Pedro Laguna
Un polvo fino invade las calles macheñas. La nube se diluye entre los rayos solares del altiplano clavándose como agujas en un invierno que lija las mejillas. Desde dos de las cuatro calles que desembocan en la plaza Tomás Katari, memorable caudillo indígena, el murmullo del charango y las finas voces femeninas anuncian el ingreso gradual de 60 comunidades dispuestas a enfrentarse cuerpo a cuerpo en la fiesta del Tinku, que en quechua significa “encuentro”.
En el norte potosino, a 165 kilómetros de la capital departamental, en el municipio de Colquechaca, provincia Chayanta, se encuentra Macha, localidad de algo menos de mil habitantes, donde cada año se celebra el Tinku, una danza y una batalla ritual preincaica en la que las comunidades de arriba y abajo miden sus fuerzas.
Ataviados con monteras o chocos rematadas de plumas coloridas, los comunarios bajan danzando por las vías de tierra hasta la plaza. Un cinturón de awayo, dos chalinas cruzadas sobre el pecho, chumpis o cordones tejidos sobre los brazos y sicabotas o polainas sobre el pantalón decoradas con lanas en zigzag. Las mujeres saltan detrás sobre las abarcas llevando su traje típico de pollera y mantilla negra bordadas en los ribetes con grandes flores coloreadas. Salpicadas, otras flores sobresalen de sus sombreros como señal de soltería.
Cada comunidad es encabezada por un mayura, líder que tan sólo se distingue por un chicote que los policías, con el beneplácito de los primeros, también usan para controlar los excesos de los luchadores.
Algunos periodistas y unos pocos visitantes despistados divisan la fiesta desde los dos únicos balcones privilegiados que miran a la plaza: el hotel Villalta y la Subalcaldía. Otros se atreven a salir con cautela a la explanada, esquivando los choques y tratando de pasar desapercibidos ya que, para una parte de los locales son simplemente “gringos curiosos” y para otra realizan una intromisión en una fiesta a la que no estaban invitados, dado que el Tinku “no es un espectáculo porque el que viene aquí es para luchar”, expresan algunos presentes.
En el ambiente se respira expectación. Los policías de Macha este año son novatos en la mañas de terciar en los enfrentamientos del Tinku. Por ello, en la noche del jueves, víspera del día D, ante la Subalcaldía paran los carros que traen a los efectivos. De un lado, los macheños observan, con atención e incluso recelo, lo que cada año trae de nuevo su tradición centenaria: policías, extranjeros, periodistas, preparativos en la plaza y la Subalcaldía. Por otro, los visitantes tratan de involucrarse y comprender todo lo que rodea este “encuentro” en el que la sangre es para algunos el mayor atractivo.
Viajando al pasado El espíritu guerrero heredado desde el periodo precolombino por las comunidades de Alasaya y Majasaya, la zona alta y baja del cantón de Macha, rememora cada 2 de mayo los entrenamientos que otrora medían sus fuerzas y resistencia, que preparaban a los hombres para combatir en la ampliación del imperio inca en el siglo XIII.
En un lateral de la plaza de adoquines se alza la torre campanario de la iglesia de San Miguel separando, como versa la cosmovisión andina, “las dos mitades de las que se compone todo elemento, que al encontrarse, chocan”. Así lo relata el director de la Fundación Tinku Macha, Tito Burgoa, quien divulga el origen del ritual eliminando la concepción simplista de que se trata de “una lucha salvaje sin razón”.
El templo fue construido por los colonos españoles sobre el lugar sagrado de los incas, donde además enterraban a sus muertos. “Por ello la torre representa para los macheños un símbolo, es como un árbol que ni el viento ni la lluvia pueden voltear; es sagrado, un lugar estratégico en el pasado y en el presente”, según Serapio Burgoa, hermano de Tito y miembro de la fundación.
Tras unas gafas oscuras y un sombrero de ala que le dan un aire a detective privado, Serapio admite que “la celebración ha ido degenerando con el tiempo debido a factores como el fenómeno migratorio (que especialmente se manifiesta en los jóvenes) que padece la región”.
Muchas de estas personas emigrantes retornan una vez al año sólo para estar presente en una fiesta donde el combate toma un sentido ritual. Uno de los problemas que este éxodo plantea es “la pérdida de las tradiciones que rodean a la fiesta, tales como la vestimenta típica, elaborada con lana de cabra y de llama por las mujeres”. Igualmente, la influencia de la televisión y la violencia que estos jóvenes experimentan en las urbes se traslada al ring de Macha sin que respondan a las técnicas de lucha originales.
Durante la víspera del viernes los patios de las casas de Macha expulsan humo. Son las calderas metálicas que sobre un fuego alimentado durante todo un día y una noche con ramas secas cocinan la chicha. Esta bebida de maíz fermentado tiene un elevado contenido alcohólico, convirtiéndose en el producto más consumido de la fiesta.
Los comunarios que caminan hasta 24 horas para llegar a Macha se alojan por lo general en las casas de adobe de los locales, de manera que deben compartir la bebida hasta que los barreños se sequen. Unas 10 cazuelas se cocinan y son vertidas en las más de 30 tinajas de barro que desde la puerta hasta el patio ocupan el pasillo al aire libre. Mientras los hombres ch’allan y tantean el hervor de la chicha, las mujeres sin más luz de la que la candela desprende, tejen, silenciosas, chalinas con zigzags.
El día anterior a la festividad más importante del año comienzan a llegar algunas comunidades, pero no es hasta la mañana del viernes cuando hacen su entrada la mayoría de ellas, que danzan en torno a la plaza todo el día y la noche, hasta el siguiente amanecer. La parada más valiosa se hace ante la torre de la iglesia, donde también deben ch’allar para prometerse suerte.
Macha despierta En Macha amanece antes de que salga el sol. A las siete, 40 policías de Llallagua, Potosí y Pocoata, incluidos los cuatro del pueblo, se reparten en dos de las esquinas por las que ingresan las comunidades. Todas ellas realizan el mismo ritual. En cada ángulo del lugar bailan en círculo golpeando el suelo. Sus abarcas azotan los adoquines al ritmo del Tinku al tiempo que entonan y repiten el estribillo en quechua o castellano, relatando que vienen desde lejos para celebrar el “encuentro”.
Bajo el campanario un grupo de policías se posiciona en círculo. El gentío exaltado se hacina en torno a aquéllos para admirar la pelea. A ambos lados el corro se empujan los miembros de dos comunidades. Un coronel, en el centro del círculo indica el inicio de la pelea. La respiración de los luchadores se agita. Su corazón late como si una bomba marcara la cuenta atrás. Esperan la reacción del contrincante. Al estrechar sus manos, uno de ellos aprovecha el despiste del primero, y con el puño desnudo, golpea su mejilla. Reacciona rápido, pero al tratar de agarrarlo el otro vuelve a golpearlo con tal fuerza que lo tira sobre el asfalto.
Un hilo de sangre cae por su nariz y su boca hasta manchar el suelo. Un policía aleja al ganador y ayuda a levantarse al vencido. Fin de la pelea. Otro miembro de la comunidad agredida sale lleno de ira a recobrar su dignidad, a lo que el del otro grupo responde con un nuevo luchador. El policía rechaza a éste por ser mucho más fuerte y mayor que el primero. No hay lío. Aparece otro contrincante de la misma edad y peso. Ahora sí, comienza de nuevo la lucha. La torre es testigo muda de los enfrentamientos, sosteniendo en su recodo a los niños expectantes.
Tras varias batallas masculinas, una mujer se cuela entre los policías buscando contrincante. Lo tiene claro. Camina decidida hacia otra fémina de la comunidad contrincante y la agarra de la camisa. Ésta trata de atarse las trenzas para evitar que les tiren de ellas. Sus cejas delatan cierto temor ante el arranque de la rival, aunque finalmente se hace con la victoria tras un combate de unos tres minutos.
Así se desarrolla gran parte de la mañana, hasta que los policías marcan una pausa de los combates. La fiesta sigue, amenizada por el alcohol y los bailes. Sin embargo, el nivel de embriaguez se agudiza hasta el punto de que los policías no pueden abarcar todo el radio de acción de las peleas espontáneas, cada vez más numerosas, llegando a emplear gases lacrimógenos. A la par, las calles limítrofes a la plaza están libres de toda vigilancia, y por tanto, susceptibles de que un simple roce dé lugar a un combate. Los rostros de los hombres tornan su expresión y las palabras resultan inteligibles.
Las raíces del Tinku “Antes de la llegada de los incas, los macheños ya eran feroces guerreros. De ahí que aquéllos los seleccionaran y entrenaran como soldados para ampliar los territorios del imperio”, explica orgulloso Tito. De esos enfrentamientos en los que se peleaba con piedras y hachas nace la tradición del Tinku en la capital de Chayanta, que fue convirtiéndose en ritual al tiempo que se le adherían otros elementos tales como la ofrenda de la sangre de los luchadores a la Pachamama con el fin de obtener buenas cosechas o el de buscar pareja demostrando su virilidad. “La Colonia no decapitó todo nuestro pensamiento. Mantuvimos tradiciones propias que perviven hasta hoy, así que tenemos que revalorizarlas”.
Al contrario de lo que opina Tito Burgoa, René Quintana, concejal de Cultura de Colquechaca, considera que el Tinku sufrió modificaciones con la llegada de los españoles, sobre todo en el ahora pueblo fantasma de Aullagas, a unos minutos de Colquechaca. “La montera se inspiró en los cascos de los españoles, así como varios elementos de la vestimenta”. Por otro lado, “los españoles entendían el Tinku como un espectáculo en lugar de un ritual originado en los entrenamientos de los guerreros”.
Increíble pero cierto. La mañana del sábado se esperaba de resaca. Sin embargo, desde el balcón aún se divisan varias comunidades que continúan danzando con ánimo inquebrantable. Los enclenques puestos callejeros que la noche anterior saciaron el apetito con chicharrón de llama, cordero, sopa, arroz y papa, prosiguieron su labor. Sólo queda un recuerdo intangible, el honor del luchador que ante las comunidades vecinas demostró su superioridad, como antaño lo hicieran sus antepasados guerreros.