Durante la antigüedad los honores rendidos a la diosa Rhea realizados en las ciudades griegas de Creta y Atenas fueron las primeras celebraciones dedicadas a las madres. Le siguieron una serie de ofrecimientos durante tres días en el templo de Cibeles conocidas como “La Hilaria”; luego durante el siglo XVII en Inglaterra se ensalzaba el “Domingo de servir a la Madre”, y entre los primeros cristianos se veneraba a la Virgen María por ser reflejo de maternidad.
Si bien hoy en día el festejo de las virtudes y el sacrificio de la madre varía de fecha de celebración y se ha ido convirtiendo en otra más de las festividades comerciales mediáticas, en nuestra Bolivia, el 8 de noviembre de 1927 se estableció que cada 27 de mayo se conmemorara el “Día de la Madre boliviana” en homenaje a la heroica resistencia y valor de las cochabambinas frente a las tropas de Goyeneche en 1812.
Es así que en el contexto que me brinda la singularidad del reciente festejo mediático del “Día de la Madre boliviana”, me aprovecho para dar infinitas gracias a mi mami Norma Ortiz Landívar por lo que he sido y soy, por enseñarme a creer y a no dejar de perseverar, a creer en sueños, proyectos imposibles, grandes amores, ángeles y demonios. Gracias por cada vez que me quitó el miedo y me enseñó a ser más fuerte; por haberse quedado muchas de las veces sin realizar sus sueños para ver los míos caminar hacia la realidad; por las 1.000+1 razones para existir y no sólo vivir; por las tantas noches que mis fiebres la desvelaron, por esas largas horas que mis rebeldías e irreverencias no la dejaron dormir, por la ilusión brindada en los momentos de crisis, por las variadas cruzadas —que de seguro algún caprichito mío— la obligó a emprender, por tanta sabiduría en mis momentos de flaqueza, por ser usted más y mejor que nadie quien llenó siempre mis momentos de más terrible soledad.
Gracias mil mami Mimi por la comida especial, por ayudarme a entender mi instinto, por intentar salvarme de las pesadillas, por no bastar con apoyar mis inventos sino por patentizarlos; por toda la felicidad que me persigue en cada recuerdo, por darme un faro en cada puerto. Por estar siempre ahí, en cada peldaño a escalar, por enseñarme a caminar sola por las rutas indefinidas del destino consciente y segura que siempre su presencia está conmigo.
Sé muy bien —de espíritu y razón— que usted es mi amiga y cómplice que me acompaña en cada instante de alegría, reto, proyecciones y credos. Puedo aseverar que usted es un gran regalo en esta vida que me ha tocado transitar y sería irrisorio no aceptar que no sería la Mariella que soy, sino estuviera usted en cada hecho, en cada vivencia mía, porque creo que los errores son míos y mis aciertos del esfuerzo compartido de mis padres.
Finalmente, haciendo mío un conocido proverbio chino puedo decir que: he plantado árboles, estoy escribiendo mi segundo libro y tengo dos hijas. Y si por si fuera poco lo anterior, he tenido el privilegio de haber escogido la especie de los árboles, el tema de las elucubraciones, a mis hijas las planifiqué, y no me queda otra cosa que aseverar que con lo poco que ya he realizado, con las experiencias que me ha tocado convivir con mis hijas, con los muy lindos recuerdos familiares de mi niñez y adolescencia, estoy más allá del saber para qué he vivido.
*Mariella Pereyra es cientista política.
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