Canallada internacional Los máximos dirigentes del fútbol internacional están con una visión retrógrada atentando contra la historia, escrita con las gestas de un fútbol humilde pero orgulloso, atentan igualmente contra el futuro y hieren sin escrúpulos el sentimiento nacional.
El Comité Ejecutivo de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), organismo que controla el fútbol mundial, ha prohibido los partidos internacionales a más de 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar. La medida afecta a varios países, especialmente del área andina, con amplia tradición futbolística y gran pasión por este deporte.
Sobre la decisión de la FIFA caben muchas consideraciones y una sola pregunta: ¿Por qué? La medida es arbitraria, discriminatoria y margina a importantes poblaciones, como la de Bolivia, al mayor espectáculo de masas de la historia, que sobrepasa con creces el esquema de un deporte.
Habrá sin duda infinidad de jurisprudencia internacional aplicable al desatino de prohibir el fútbol a determinada altura, en un mundo que procura avanzar en la igualdad de derechos de los ciudadanos. Sin embargo, la primera instancia de recurso a la canallada de la FIFA no puede ser otra que la razón. En el caso boliviano la capital política de la República, La Paz, sobrepasa con creces la altura de 2.500 metros, y hay otras cuatro ciudades que se quedarán sin la competición internacional si la FIFA no revoca su decisión en un retorno a la cordura y a la justicia.
Qué macabra paradoja: los máximos dirigentes del fútbol internacional, encargados de velar por la excelencia de este deporte, parecen no entenderlo. El fútbol es, ante todo, una pasión, un emblema, el estandarte de un sentimiento colectivo inalterable que nace y se identifica en la profundidad de las raíces. Es una cultura. Pocas veces en la historia moderna Bolivia se ha visto más identificada y orgullosa de sí misma que cuando la tricolor nacional clasificó para el Mundial de Estados Unidos en 1994.
El fútbol de competición oficial no se puede jugar a más de 2.500 metros de altura, según la FIFA, y se vuelve a la misma pregunta: ¿por qué? Si son algunos millones de personas en La Paz, Oruro, Potosí, Cochabamba, Sucre, Cusco, Bogotá o Quito que viven a esa altura. Aquí —a esa altura y más— se desarrolla y produce con los mismos estímulos que en el resto del mundo: se trabaja, se ríe, se llora y se ama igual que los demás. Si la altura es un impedimento, también entonces lo será la temperatura, y la humedad, y tantos otros que podrían sumarse en la misma lógica para hacer de un deporte recio como el fútbol un baile de salón.
La FIFA ha tomado una decisión canalla que abre las puertas al ostracismo en el deporte. Resulta increíble el veto cuando en otras disciplinas como el ciclismo los deportistas de élite buscan la altura para mejorar sus rendimientos y marcas. Cuando está probado “científica y médicamente” que no existe impedimento para desarrollar deportes, desde extremos hasta aquellos de alto rendimiento.
Los máximos dirigentes del fútbol internacional están con una visión retrógrada atentando contra la historia —nuestra historia—, escrita con las gestas de un fútbol humilde pero orgulloso, atentan igualmente contra el futuro y hieren sin escrúpulos el sentimiento nacional de un país entero.
La Razón aplaude y se suma incondicionalmente a las iniciativas del Gobierno nacional de conformar una nueva comisión y de todo organismo que defienda de este atropello a la dignidad irrenunciable de ser boliviano.