Cada instalación hidrocarburífera en el Chaco se asemeja a una ciudad. Ninguna comodidad está ausente, excepto el calor de la familia.
Texto: Javier Badani Ruiz Fotos: Pedro Laguna
4.38. Torre de perforación Huacaya X1 (Chuquisaca). Suspendido a 30 metros del suelo, el cuerpo de Limbert Carrillo lucha por estabilizar una tubería de 500 kilos que le palpita al rostro sus 60 grados centígrados de temperatura. Colaborado desde la base de la torre por cuatro compañeros, algo inquieta su mente: Este año no podrá abrazar a su hijo en su cumpleaños. Ese día, su grupo de perforación estará de turno. ´Coquita y bico (bicarbonato de sodio) para resistir´, dirá horas después, tras concluir bañado en lodo sus 12 horas de jornal.
4.39. Cocina de la planta Margarita (Tarija). El chef Juan Vásquez inspecciona su almacén. Hoy, 60 kilos de carnes, 120 huevos y 12 kilos de azúcar —entre otros— buscarán saciar el apetito del ejército de 65 personas que habita el lugar. Un pensamiento alegra a Vásquez: Dentro de poco le tocará su semana de descanso. Entonces, tras 21 días sazonando alimentos colgará el uniforme y dejará que su esposa lo consienta ´con lagüitas y picantitos´.
A la misma hora, a unos 20 kilómetros de allí, Luis Ávila Cayo conversa con el silencio. Cobijado en la caseta de seguridad del Pozo X4 y rodeado de costosas válvulas, este sereno de 29 años cavila en la oscuridad una cifra: Hace unas 10 horas, el único ser viviente al que tuvo cerca fue a Margarita, su perra.
Así, rodeados de abundancia y soledades transcurre la vida de los habitantes de los campos hidrocarburíferos del país. Es el caso de la gente que trabaja en el Chaco boliviano para la empresa Repsol YPF. Enclavados en medio de la nada, ellos gozan de las comodidades que ofrecen las instalaciones de la empresa, de sus suculentos sueldos y exudan el orgullo de ser parte de una industria que mueve en Bolivia más de 1.000 millones de dólares. Sin embargo, la distancia que los aleja de sus hogares los acongoja.
Mejor soltero que casado
Al toro Chango un accidente le cambió la vida. Mientras pastaba distraído en medio del camino, una camioneta del campo Margarita lo embistió. Al ser el animal más preciado por su dueño, los encargados de la planta se vieron obligados a pagar 700 dólares por él. Al final, con la pata rota, el toro terminó siendo adoptado como la mascota de esta instalación valuada en varios millones de dólares.
´Lo curamos y, para que no se sienta solo, le conseguimos una amiga, la vaca Margarita. Es un afortunado, es el único aquí que tiene novia´, ironiza Willy Tapia Castellón, ´supervisor —y cuando el caso lo amerita— cura y consejero matrimonial´ de la planta perteneciente a Repsol YPF.
Tapia, que lleva casi 30 de sus 44 años trabajando como petrolero, no alardea al enumerar sus responsabilidades dentro de la planta, considerada una de las más modernas e importantes del país.
´Los trabajadores se deprimen por la lejanía de sus familias. Algunos se acercan para pedir consejos sobre temas como los celos que sienten por sus esposas´, cuenta el chaqueño, quien asegura que la mejor exhortación para alguien que quiere iniciarse en la vida petrolera es que debe hacerlo de soltero. Así, ´a la hora de casarse, ambos sabrán a qué se meten´.
Tapia no exagera. Dependiendo del oficio que realice dentro de las instalaciones, los empleados petroleros del país —la gran mayoría bolivianos pertenecientes a distintas empresas concesionarias— trabajan de una a tres semanas, incluyendo sábados y domingos, dentro de los campos hidrocarburíferos (plantas, pozos y áreas de exploración). Dichos emplazamientos, que en muchos casos se encuentran distantes de las poblaciones, se convierten en su hogar.
En el caso de los funcionarios de las instalaciones enclavadas en el Chaco, el único contacto con el mundo exterior es a través de una línea telefónica, la señal de televisión —que muchas veces sólo regala una pantalla llena de mixtura— y, cuando les toca su periodo de descanso, un avión que los traslada hasta Santa Cruz, sede de las empresas petroleras del país.
´Por tierra ese trayecto te toma unas 10 horas´, aclara Álvaro Méndez Rocha, quien conoce esas distancias de memoria. A sus 31 años, este cochabambino ya suma dos experiencias totalmente contrapuestas sobre lo que significan.
Mientras trabajaba en el campo Surubí, una llamada telefónica le informó la muerte de su padre. ´El viaje fue una eternidad; llegué en el momento en que lo enterraban´. Tres meses después, otra llamada lo exaltó. Esta vez, la línea traía buenas noticias: su esposa estaba a punto de dar a luz. ´Otra vez retomé la carretera, pero un bloqueo en Yapacaní me retrasó. Al final llegué justo cuando nacía Adriana´.
´Por eso digo que la familia del petrolero debe ser de fierro´, complementa Willy Tapia, cuyo apodo —todos los trabajadores petroleros lo tienen— es Surubí. ´Del cochala es Floricienta, pero creo que él no lo sabe todavía´, susurra.
El reducto de los hombres
Los hongos son la enfermedad del petrolero. La mezcla de humedad, botas de cuero industriales y los más de 40 grados centígrados de temperatura provocan este mal a los habitantes de los campos del Chaco. Así lo explica el médico Jaime Rivera, quien trabaja en la planta Margarita hace dos años. ´Otros problemas, en especial en los pozos de exploración, son los osteomusculares, debido al peso de tubos y herramientas a los que están expuestos los obreros´.
Cada instalación petrolera cuenta con un médico bien equipado —ambulancia incluida— para atender cualquier percance. Sin embargo, los más beneficiados con este servicio son los comunarios chaqueños, quienes acuden a los campos para curar sus dolencias. Las más frecuentes son las ocasionadas por la falta de agua potable.
Con todo, los accidentes en los campos petroleros son escasos a comparación de décadas pasadas, esto debido a las estrictas normas de seguridad que implementaron las empresas extranjeras en el país. ´Margarita tiene fama entre los petroleros de ser una de las más estrictas en términos de seguridad y disciplina´, explica Willy Tapia, con un aire de regente escolar.
Fumar en el interior de la planta o el ingerir bebidas alcohólicas —tanto dentro como fuera de las instalaciones, en horas de descanso— está totalmente prohibido.
´Tampoco se puede enamorar con las mujeres de las comunidades cercanas. Muchos hogares se rompieron en décadas pasadas por culpa de petroleros que buscaron apaciguar su soledad´, asegura Tapia. Incluso, un televisor estacionado en la sala de billar controla el resto de los aparatos televisivos instalados en los dormitorios del personal. De esta forma se evita que ´por error´ se escurra por las pantallas cualquier película pornográfica.
Al deambular por las instalaciones petroleras salta a la vista la ausencia de personal femenino —durante esta visita sólo una practicante universitaria se hallaba en la planta—. Este hecho, sin embargo, alegra a Nicolás Quispe Ayala y a Serafín Chavarría, quienes se desempeñan de mucamo y planchador, respectivamente, oficios mayormente desarrollados en las ciudades del país por mujeres.
La labor de ambos se inicia a las 5.00 y concluye a las 18.00. Claro, después del almuerzo —que incluye para todo el personal de la planta un suculento buffet— ambos aprovechan su hora de descanso para ver novelas en la sala de video.
´Mi misión es limpiar los dormitorios, tender las camas y recoger la ropa sucia que por las tardes entrego bien lavada y planchadita´, explica Quispe, quien cada 21 días le roba a su semana de descanso 22 horas, tiempo que le toma el viaje hasta su hogar en Cochabamba.
Chavarría, por su parte, se confiesa aburrido de ver tanta ropa de tela jean azul, uniforme de todos los trabajadores de la planta. ´Lo único de distinto color son los calzoncillos y las medias´, se queja el planchador, quien de vez en cuando debe coser con una máquina Singer los botones de las camisas.
El coloso que no duerme
Cuchuquis (sucios). Así son llamados los trabajadores de los campamentos de exploración. A diferencia de las plantas y pozos productores —mayormente automatizados—, en estas instalaciones la labor es en gran medida manual. ´Es el trabajo sucio´, escupe Rómulo Durán Camargo, encargado de la torre de exploración Huacaya X1, en Chuquisaca.
Unas 85 personas habitan este campamento enclavado en el corazón del Chaco que es alimentado por seis generadores de electricidad —capaces de iluminar una ciudad entera— y que devora un carro cisterna de diesel al día.
Tanta energía es necesaria para mantener de día y de noche la perforación de la tierra que busca alcanzar los 5.000 metros de profundidad. Una vez lograda esa meta —en promedio tarda un año— recién se puede saber si la inversión de unos 30 millones dólares tuvo éxito o no. Si es así, otro ejército de trabajadores se encargará de dar vida al nuevo pozo productor.
Sin importar el resultado, tras cumplir su misión, esta mini ciudad será desmontada pieza por pieza y junto con sus casas rodantes será desplazada a otro lugar del país.
´Aquí no hay Navidad, Año Nuevo o cumpleaños. Llueva o truene, aquí se debe horadar la tierra las 24 horas´, suelta Javier Trigo Chávez. A sus 65 años, este técnico en perforación direccional se declara un ´adicto a la adrenalina´ de su trabajo, al que ha dedicado 48 años.
´Por cuatro semanas, éste es mi mundo. Se gana bien de petrolero, es cierto, pero se sacrifica a la familia. Creo que me he perdido los momentos más importantes en la vida de mis seis hijos´, dice. Ahora, el petrolero se aleja, prefiere callar antes que responder a la pregunta sobre si valió la pena ese sacrificio.
Son las 5.00. Amanece en Huacaya X1 y el movimiento en la torre no cesa. Dentro de una hora, el segundo turno ingresará a sus bulliciosos recovecos para perforar las entrañas del suelo chaqueño. Román Sosa será uno de ellos. El camireño introduce varias hojas de coca en su boca y se alista para un suculento desayuno. Sabe que las próximas 12 horas serán más largas que de costumbre debido a la llegada del surazo que bajará la temperatura a unos 7 grados.
Mientras se alista, una certeza lo invade: No dejará que su hijo siga sus pasos, tal y como lo hizo con él su padre. ´Prefiero que esté sentado detrás de un escritorio´, dirá al culminar su labor en boca de pozo.
Y a 50 kilómetros de allí, en la planta Margarita, Willy Tapia está alegre. Dentro de unas horas tomará el avión que lo llevará a casa.
La tierra del gas
El primer pozo petrolero del país se estableció en Bermejo, Tarija, el año 1924, y fue descubierto por la empresa norteamericana Standar Oil. Desde entonces, el sureste del país ha albergado a los campos más importantes de Bolivia. De todas las poblaciones chaqueñas donde se explotó hidrocarburos el siglo pasado, Camiri (Santa Cruz) fue la más emblemática. Sin embargo, el auge petrolero terminó en los años 80, dejando a varios camireños en la calle. En la actualidad, Repsol YPF y Petrobras son las empresas más importantes en el Chaco. En esta zona, compartida por Tarija, Santa Cruz y Chuquisaca, se hallan los campos San Alberto y Sábalo (San Antonio) y Margarita. Este último cuenta con una de las reservas gasíferas más importantes del país y es trabajado por Repsol YPF. Su planta se halla asentada en 15 hectáreas y su labor es la de separar el agua, el petróleo condensado y el gas de la emulsión (gas sucio) que llega desde los pozos productores. Actualmente produce unos 75 millones de pies cúbicos de gas y 5.000 barriles de condensado al día. Esa producción se triplicará con la pronta construcción de una nueva planta. Cabe destacar que Repsol YPF cuenta en la zona con un programa de ayuda social a las comunidades. Entre ellos se destacan los proyectos apícolas, la producción de viveros comunitarios y el mejoramiento de viviendas para prevenir el mal de Chagas. Actualmente, las provincias tarijeñas Gran Chaco y O\'Connor se disputan la pertenencia territorial del campo.