Más vale tarde que nunca, dicen. También dicen que con paciencia y salivita se pueden conseguir cosas aparentemente imposibles. Ambos dichos le calzan a la Asamblea Constituyente, que tras diez meses de funcionamiento ha comenzado a encontrar, lentamente pero con seguridad, su sentido principal: ser un espacio de debate de las visiones de país que tenemos las y los bolivianos y expresar ese debate en la Constitución Política del Estado. Les voy a contar por qué.
Primero, el tiempo decantó las manos que se metían en la Asamblea. Hubo, hay y habrá distintas manos. Del lado del Gobierno, de la oposición, de los intereses transnacionales, de los líderes, de los dueños de partidos, de los asesores-benefactores, demiurgos intentando usar gramófonos. No hay que escandalizarse. Era natural y esperable en un proceso como el de la Asamblea. ¿Acaso no se trata de un momento altamente político? Lo feíto fue que lo hagan en la sombra, escondiendo la mano, para que dizque nadie se entere, pero, como una señal de estos tiempos es que poco o nada se puede mantener en secreto, lo de los asesores de uno y otro lado salió nomás a luz pública. Lo bueno es que ahora se sabe de dónde vienen muchas cosas que se están discutiendo, y que esta discusión tiende a hacerse más abierta.
En segundo lugar, aunque parecían amodorrados por el debate estéril del artículo 70, en esos ocho meses de pelea la mayoría de las y los asambleístas fueron asumiendo, haciendo carne de su verdadero papel; se volvieron chúcaros y contestones y abortaron la idea que anduvo rondando de que la mayoría iba a firmar sin chistar el proyecto de Constitución que alguien les pondría por delante. Por cierto, muchos dicen que lo que se aprobó en enero del 2007 ya habría debido aprobarse en septiembre del 2006, y que esa propuesta incluso era mejor. ¡Quién sabe!
El tercer argumento es que, aunque recibieron un montón de críticas, la mayoría de las y los asambleístas le sacaron el jugo a la vuelta que se dieron por el país. Muchos conocieron lugares que no habían visto ni en pelea de perros, se comunicaron con gente de otras tierras y de otras visiones y, aunque parezca algo menor… conversaron entre ellos, fuera de los focos de la maledicencia y el disciplinamiento a los que estaban sometidos en Sucre por ellos mismos, por gente de sus partidos y por los medios de información. Este diálogo preliminar sirvió de precalentamiento para el proceso de trabajo en comisiones en el que ahora están inmersos.
Finalmente, es importante hacer notar que, como me dijo un asambleísta, “al fin nos estamos destapando”, porque la mayoría de las comisiones está conjugando la necesidad de llegar hasta el fondo del debate interno respecto a posiciones sobre el contenido de la nueva Constitución que les toca desarrollar, con propuestas que se están ventilando públicamente, de forma especial en temas considerados más difíciles de acordar: autonomías, recursos naturales, estructura del Estado, desarrollo económico y visión de país.
Las claves del éxito dependen de la transparencia del discurso, las posiciones y sus fuentes. Y de resultados más rápidos. La ampliación del proceso acentuaría la inercia y las mañas parlamentarias.
La Asamblea tiene un mandato claro y una gran responsabilidad con el país y el proceso democrático. Las y los asambleístas deben recordarlo, así como también quienes actúan a su alrededor.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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