En días pasados se llevó a cabo la cumbre anual del Grupo de los Ocho (G-8) en la ciudad alemana de Heiligendamm. Sobre la premisa de construir un mundo mejor, los líderes de los siete países más industrializados del mundo y Rusia emitieron al cierre del cónclave un documento final con un listado de medidas centrado en la lucha contra el cambio climático y millonarias promesas de ayudas para África.
En el documento final “Crecimiento y responsabilidad en África”, el G-8 se decide a aplicar un nuevo programa para combatir el sida, la malaria y la tuberculosis; a reforzar la capacidad comercial y a llevar a la práctica los compromisos tomados en Gleneagles.
Dado que la preocupación central del G-8 giró en torno a cambio climático, se realizó un diálogo “con diferencias” con el Grupo de los Cinco (México, Brasil, China, India y Sudáfrica) en el cual el G-5 logró establecer que no pueden hacerse modificaciones a las causantes del efecto invernadero a costa del crecimiento económico de los países. Si bien no se consiguió que EEUU suscriba el compromiso de impedir que la temperatura terrestre suba más de 2°C como máximo.
Por otra parte, los líderes del G-8 pidieron hoy que se concluya rápida y exitosamente las estancadas negociaciones sobre la liberalización del comercio mundial en la Ronda de Doha de la OMC. A su vez, permanecieron las diferencias sobre el futuro de Kosovo (Rusia se opone al plan de independencia) y se advirtió a Irán con “medidas mas fuertes” si no suspende su programa nuclear.
En el contexto de las determinaciones de la reciente cumbre del G-8, no podemos obviar que las problemáticas que enfrentan las sociedades latinoamericanas se basan en la lógica de la globalizada economía mundial que ha desencadenado un proceso sin equivalente en la historia de la concen- tración de la riqueza, del conocimiento y del poder, que trae la marginación de mayorías humanas significativas y una actividad productiva cada vez más intensa y diversificada que origina una crisis ambiental mundial que pone en cuestión la forma imperante de producir, consumir y habitar el planeta.
Según la CEPAL, América Latina y el Caribe sigue siendo la región con la mayor desigual distribución de activos tierra, capital, educación y tecnología, que limitan las posibilidades de cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio, y además las políticas de privatización, liberalización del comercio e inversión y flexibilización laboral, han agudizado esta situación. Y por si fuera poco, los recursos públicos internos son insuficientes para realizar las inversiones necesarias para el logro de los ODM.
Sobre la premisa de que los problemas de los países en vías de desarrollo son de todos, los latinoamericanos/as esperábamos que el G-8 cuestione los criterios de sostenibilidad fiscal promovidos por los organismos financieros que obvian los criterios de desarrollo humano y que repiense el elevado peso de la deuda pública total en nuestra región, puesto que los países pobres aún pagamos el costo de las condicionalidades impuestas vías medidas de ajuste estructural, evidenciando que las relaciones comerciales siguen siendo asimétricas. Lastimosamente, creo que ha sido una cumbre plena de compromisos a nivel político y plagada de resultados poco tangibles.
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