En esta era en que los bolivianos estamos redactando la nueva CPE impregnados de etnocentrismo, pongo a vuestra consideración cómo se aplicaba la pena de muerte en el Incario, basado en el documento “Estudios Incaicos I”, de Bernardo Ellefsen. Los grandes delincuentes (en quechua, hatun huchayok) condenados a pena capital eran los enemigos (awka), el traidor (iskay sonko), el ladrón (súa), el adúltero (wachok), el que murmuraba contra el Inca (Inka sipsikak), el soberbio (apuskackak) y el homicida.
Las ejecuciones eran públicas y las más benignas eran rompiéndoles el cráneo con una maza, ahorcándolos o despeñándolos. Los magnates eran ejecutados por otros magnates y, en casos extremos, eran entregados a las fieras o chunchus para que los comiesen. Si los condenados eran enemigos, con sus cabezas se hacían mates para tomar chicha; con los dientes hacían gargantillas; con los huesos largos, flautas y con sus pieles, tambores (runa tinya).
El adulterio era relativamente frecuente, especialmente por el excesivo consumo de alcohol en las fiestas. A los adúlteros se los colgaba desnudos y juntos de los cabellos o los pies, en lugares públicos, hasta que muriesen. Al hombre que mataba a su mujer se lo mataba, a menos que fuese por causa del adulterio de ella, pero este castigo no se le aplicaba si era kuraka.
El delincuente también era descuartizado en vida (mankurkayani), cortándole la lengua y las extremidades, o abriéndole el vientre para sacarle las vísceras. En un dibujo de Guamán Poma se representa a Illeska, uno de los hijos de Wayna Kápac, colgado de los pies en una horca, desnudo, mientras le abren el vientre para desviscerarlo. Cuando el delito era muy grave, se castigaban además a los parientes inmediatos del condenado y en casos extraordinarios incluso a todo el ayllu de éste.
Durante la guerra civil entre Waskar y Atawallpa, cuando el primero entró a Quito, sus fuerzas mataron a los hijos de Atawallpa a mazazos y a las mujeres las empalaron vivas; a las concubinas embarazadas les abrieron sus vientres, les arrancaron los fetos, colgándolas, luego, de árboles hasta que muriesen. En Cuzco, la forma más temida por los condenados comunes era ser arrojados a las fieras en los fosos de la prisión. Esta muerte también se daba a los étnicos que se rebelaban y a los señores de los pueblos conquistados que no se rendían prontamente. Asimismo, a una parte de la población masculina conquistada se la repartía como yanas o servidores y a sus mujeres como concubinas. En tiempos de Pachakutek Inka Yupanki fueron dados a las fieras los señores de los Chichas (actual sur de Potosí) luego de que se dominara su sublevación.
Cuando el delito se había cometido en estado de embriaguez, le pintaban al condenado ahíto de chicha, como para que reventase. Los amautas, que eran los jurisconsultos, sostenían que había diferencia entre estar embriagado (senka) y una gran borrachera (hatun machay) en que se cometían los excesos; y de ello sabían, porque los ministros de la justicia no eran un gremio generalmente abstemio. Pero esto debe interpretarse como humor forense y no como categorías jurídicas.
*Iván Arias D. es experto en descentralización y pueblos indígenas.
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