E l encasillamiento en torno a la identidad cultural es tan antiguo como la historia misma y ante el resquebrajamiento de fronteras ideológicas —que representaban límites geográficos y políticos— es evidente que se avizora un nuevo alba para las fronteras culturales y nuevos retos para la interculturalidad. Pensadores como Paulo Freire, González Casanova, Hugo Zemelman, Aníbal Quijano, García Canclini, Peter Mc Laren, Enrique Dussel y otros han elucubrado sobre las ventajas y desventajas de la diversidad cultural.
La turbulenta coyuntura boliviana en torno a la Asamblea Constituyente, cuya asignatura es la elaboración de una propuesta de arquitectura constitucional más participativa, tolerante, inclusiva, equitativa y estable; me evoca la certera precisión de García Canclini: “Es hora de globalizar la cultura, de visibilizar y respetar la globalización cultural”. Y dado que la Constituyente evocaba ser la panacea de todos nuestros males y falencias, los avances realizados en las 21 comisiones dejan mucho que desear en tiempo y materia. Y si bien la instauración de un Poder Constituyente es un escenario inmejorable de reencuentro, reflexión, lucha y demanda por una participación social igualitaria y equitativa; espero que la Comisión Visión de País (en la cual el oficialismo ha impuesto un modelo de Estado plurinacional y comunitario); haya tenido en cuenta la relevancia de la interculturalidad y hubiese observado que un desafío —al cual se enfrentan las sociedades en proceso de modernización— es emprender una transformación institucional sobre estructuras políticas y relaciones de poder que respondan a la variopinta gama de demandas sociales, logrando establecer un nuevo código moral y de representaciones que giren en torno a una estructura intercultural.
Pero una sociedad chauvinista como la boliviana parece no querer entender (¿o será que es muy difícil?) que los usos y costumbres de una cultura son cotidianos, que la cultura no se impone, que no se puede obviar que la cultura es tan mestiza como las razas y es precisamente por ello que cualquier pueblo puede invocar a Montesquieu para organizar su sistema democrático; recordar a Nietzsche para afirmar su singularidad e invocar a Neruda al estar enamorado/a. Por esto, se equivocan ciertos sectores afines al Gobierno al pensar que una movilización justa es patrimonio de un pueblo iluminado; porque así como la racionalidad, la estupidez, la demagogia de los votos y el escarnio del Derecho también pueden universalizarse. Y en este enrarecido contexto de reingeniería constitucional me parece pertinente traer las palabras de Samuel Huntington en El Choque de las Civilizaciones al establecer que “Los verdaderos enemigos son el odio y la intolerancia en los cuales germina el terror”.
Con el trasfondo de estas consideraciones, hagamos votos y seamos optimistas para que sea factible una coincidencia entre lo que concibe y espera la población de las autoridades, representantes y estructuras públicas y el desempeño de éstas sobre una necesaria estructura intercultural que respete y reconozca el valor de los matices de la diferenciación, diversificación y preservación de las diferentes culturas y subculturas en un marco democrático.
*Mariella Pereyra es cientista política.
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