Todos invocan unidad pero nadie tira la primera piedra. Piden concertación pero ocultan un as bajo la manga. ¿Será tan difícil encontrar algún punto de partida para iniciar el diálogo que disipe este ambiente de polarización salpicado, esta vez, de desmesura en las declaraciones, los comunicados y las propagandas de uno y otro bando? Aunque, es preciso decirlo, cada bando aparece como una mezcla de moderados y radicales, de fracciones y tendencias, de propuestas incompletas y planteamientos parciales. Este hecho incorpora un aditamento a la supuesta costumbre nacional de parar en seco antes de llegar al borde del abismo. Este aditamento ya tuvo una expresión lamentable durante los aciagos días del enero cochabambino que no han sido debidamente evaluados por sus prota- gonistas como un ejemplo de que se traspasaron los límites de la pugna política. Hoy, otra vez, estamos jugando con fuego.
Retornemos a la pregunta anterior para buscar algunas pistas que encaminen este entuerto hacia un probable y necesario acuerdo. Hace varios días, en una extensa entrevista concedida a radio Fides, el Presidente de la República planteó un par de criterios que podrían llevarnos en esa dirección. Respecto a la querella sobre las autonomías (el tema crucial de los enredos de la Asamblea Constituyente y del derrotero de la resolución de la crisis estatal), Evo Morales dijo que se debe buscar una fórmula que permita conjugar las autonomías departamentales y las autonomías indígenas porque ambas corresponden a demandas legítimas. Empero, y este es el aspecto que me interesa resaltar, sobre la base de mantener la actual división política del país en nueve departamentos.
¿No es acaso un punto de partida que permitiría disipar los temores del movimiento cívico regional representado por la Junta Autonómica? ¿No es acaso una manera directa de relativizar la propuesta de Estado plurinacional que implica, precisamente, una redistribución territorial del poder o, para decirlo en otras palabras, un nuevo mapa del país? Este criterio puede, y debería, ser el principio del diálogo político, más aún si fue expresado por el Presidente de la República. Empero, ningún actor reaccionó a este planteamiento; ni la bancada oficialista en la Asamblea Constituyente —incapaz de resolver el entuerto de la comisión sobre Visión de País— ni la oposición política y cívica —que respondió con el tema de la capitalidad plena— en una demostración de la escasa predisposición a la búsqueda de acuerdos para resolver este tema que permitiría ordenar el debate constitucional.
El segundo criterio vertido en la entrevista mencionada puede parecer superfluo pero resulta tan sugerente como el anterior. Así como las dos demandas de autonomía son legítimas y hay que pensarlas de manera complementaria, Evo Morales señaló que todos somos originarios: unos originarios ancestrales y otros originarios contemporáneos, en suma, bolivianos. Es decir, se trata de partir de aquello que nos une como comunidad política nacional dejando de lado los particularismos étnicos y regionales que, estos días, tienden a empujarnos hacia una confrontación sabiendo que el resultado será la derrota colectiva y la clausura de una solución progresista y democrática de la crisis estatal.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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