Con el retoñar del autoctonismo en América Latina, han entrado en escena corrientes “espirituales” que en un tono bastante new age se autodefinen como ancestrales.
El hecho resulta atractivo para ejecutar no muy arduas investigaciones antropológicas, mismas que nos permitan —por ejemplo— desteñir la sicofísica rosacruciana que de forma bastante light, amaña el significado de la astrolatría, o de cultos agrocéntricos, o de ciertos rituales donde la ecología animal endémica desempeña un papel primordial, aunque de difusa funcionalidad.
Lo cierto es que dentro de la astrolatría, las religiones solares adquieren progresivamente mayor relevancia, desde Stonehenge hasta Tiwanaku, de manera particular entre quienes orillan de forma temeraria el ocultismo fálico y el oscurantismo filosófico premedieval, abundando en sobreañadidas explicaciones de vocablos tales como: ciclo, tiempo, época, era, período.
En fin, el presente espacio no es lugar para dirimir lo que tienen de fábula las mencionadas corrientes (que en verdad es muchísimo), ni demostrar lo que contienen de sólida estructura teológica (casi siempre una afrenta al sentido común). No obstante, sería provechoso realizar serios estudios y dilatados debates a propósito de la génesis de estas religiones autóctonas, en la medida en que aquellas nos proporcionen luz acerca de lo que actualmente se concibe como legado cultural de raíz espiritual.
Lo que merece inmediata reflexión y posterior crítica, es que en sitios bautizados y rebautizados con pompa y sonaja, como lugares sagrados para ceremoniales de mutua fusión energética entre el hombre y el cosmos, los citados ceremoniales queden reducidos a poco menos que un elemento periférico, mientras durante las horas previas al rito nuclear, miles de concurrentes se desmadran en una frenética y pantagruélica orgía de alcohol, drogas, sexo y riñas.
Obviamente, esto último tiene que ver con una diferenciación de lógica elemental: ¿Estamos en un proceso emblemático de reivindicación mediante ceremoniales que jalonan el espíritu y el imaginario colectivos hacia la conciencia de la autenticidad?
¿Nos esforzamos por realizar un mercadeo cuasi turístico de un atractivo que no logra definirse entre lo místico, lo arqueológico o lo cultural?
Dónde quiero llegar, es a la contundente afirmación de que si bien las ancestrales prácticas de culto astral, pueden constituirse en sólidos cimientos de las proclamadas revoluciones políticas y sociales en Latinoamérica, aquellas reivindicaciones y restauraciones culturales, juntamente las cosmovisiones de los nuevos colectivos, quedan mancilladas y opacadas por los vicios urbano–occidentales que —hay que decirlo— no tienen vela en ese velorio.
Por razones que pueden abarcar desde lo estético hasta lo propiamente espiritual, se impone la tarea de desinfectar las supramencionadas manifestaciones ceremoniales, de todo aditivo extra-cultural, cuando no, extraterritorial, cuyo resultado es el de deslucir eventos que, por lo menos, pueden redituar como atractivos turísticos, con la previa condición de una excelente organización y correspondiente promoción.
*Marco Antezana es PhD y empresario privado.
Una fiesta de la democracia
En días pasados tuve la oportunidad de dirigirme a una audiencia amplia en el auditorio de la Facultad de Medicina de Sucre, con videoconferencias paralelas en La Paz, Tarija y Santa Cruz. El tema paradójico: “Generar riqueza o distribuir pobreza”.
Cien años de amor
Tengo el privilegio de tener muchas “cortejas” con la aprobación y el aplauso de mi esposa, para sorpresa y envidia de muchos. Mis “cortejas” tienen características comunes: son mujeres muy bellas; casadas y viudas, la mayoría, y alguna soltera
Hoyo en uno
¿Por casualidad les ha tocado a ustedes un golfista como vecino en el avión, en la antesala del dentista, en la cárcel o en algún otro de esos lugares donde uno encuentra gente fina?
La guerra que todos perderán
Hace algunos meses la Escuela de Altos Estudios Nacionales (EAEN) de las Fuerzas Armadas de la nación, realizó un ejercicio teórico sobre los conflictos y problemas en un país hipotético llamado Andivia.