El retorno a la Colonia ...inunda la interrogante si realmente se está aprovechando el auge minero para sembrar desarrollo y cosechar resultados a futuro o sólo se está viviendo la coyuntura para en breve volver a la pobreza profunda.
El Cerro Rico de Potosí es un imán. Así lo ratifica una vez más el alcalde de Potosí, René Joaquino, al advertir el mismo fenómeno de explotación enloquecida de minerales que se vivió hace 500 años, durante la Colonia, y que no ha cesado a través del tiempo a pesar de los picos ascendentes y descendentes de los precios de las materias primas en los mercados internacionales y la variación de las políticas mineras internas.
Fueron siete días de un largo recorrido que hizo La Razón por los parajes oscuros, peligrosos, pero ricos en zinc, plomo, plata y en menor escala estaño de algunas de las 400 bocaminas que dominan las 34 cooperativas mineras que operan en el Cerro Rico de Potosí, para percibir entre entrevistas y una observación minuciosa una paradoja de dimensiones: el auge del cooperativismo minero y su convivencia con la pobreza laboral inhumana.
Definitivamente, Potosí está viviendo la fiebre de los minerales. Hombres, mujeres, adolescentes y niños que trabajan hasta 18 horas al día para extraer mineral que les permita jugosas, y, a la vez, en la mayoría de los casos, ganancias temporales, mientras los socios y potentados de las cooperativas —pocos comparativamente con los primeros— están acumulando riqueza e invirtiendo en otros rubros, incluida la política.
Un retorno a la Colonia, evidente no solamente en la explotación no planificada y sin perspectiva sino en las condiciones de extracción del mineral, donde las inversiones son mínimas para la tecnificación, ratificando a Bolivia, una vez más, como uno de los pocos países de la región y del mundo donde aún sobrevive la minería artesanal y poco modernizada. Una verdadera atracción turística para esos trotamundos que viven del turismo que involucra riesgo y que llegan hasta el Cerro Rico atraídos por observar cómo hasta ahora el emblemático coloso de plata sigue en pie, cobijando en sus entrañas a miles de personas que sacan minerales arañando la roca de la manera más arcaica y peligrosa. En este punto, ya no se sabe si sentir vergüenza u orgullo.
Pero, más allá de que las particulares formas de explotación en Potosí sean motivo de atracción turística, preocupa de sobremanera las condiciones laborales a las que se someten voluntariamente miles de personas, entre ellos niños y adolescentes huérfanos, empujados por la paga de jornales que supera la media nacional. Se trata de al menos 1.500, en su mayoría entre 12 y 17 años, que están sumidos en el duro trabajo minero expuestos al riesgo latente de morir aplastados por un derrumbe, en una caída mortal, o por una enfermedad viral contagiosa.
Los cooperativistas, vistas las cosas, sólo están invirtiendo en ellos mismos, exentos del pago de impuestos y mofándose de normas laborales universales amparados en su poder sindical.
Es innegable que la minería está atravesando un excelente momento, sin embargo, dada la experiencia vivida, los testimonios de los cooperativistas y verificada la situación actual de explotación en uno de los centros productivos más grandes del país como es Potosí, inunda la interrogante si realmente se está aprovechando el auge minero para sembrar desarrollo y cosechar resultados a futuro o sólo se está viviendo la coyuntura para en breve volver a la pobreza profunda.