Bluebox, el patito feo del arte Un golazo en el 55 Salón Pedro Domingo Murillo le abre a Eduardo Ribera, ganador del Gran Premio, la puerta para seguir provocando.
Siempre fue el loco, el raro. Desde la familia, pasando por el colegio y la universidad, todo el mundo le tildaba de excéntrico. Al arribar al mundo del arte —casi sin saberlo— pasó también a ser el joven que se movía muy lejos del ámbito oficial, sin estudios conocidos, aparecido de la nada. Todo ha cambiado. Eduardo Ribera Salvatierra, Bluebox, recibió la noticia de que es el ganador del Gran Premio del 55 Salón Municipal de Artes Plásticas Pedro Domingo Murillo.
Noche del martes 17 de julio. “¿Va a hacer una performance?”, le pregunta un despistado al joven vestido con la famosa “chompa de Evo” y una chaqueta formal mientras se espera el veredicto en el Tambo Quirquincho. “No. ¡El performance soy yo!”, suelta Bluebox sin empacho.
Desde niño ha sido un persistente observador de la cotidianidad. Es más, al dirigirse al museo vio que un hombre se detenía ante un puesto de venta de CD pirata y se ponía a bailar enérgicamente. La emoción embargó a Eduardo y casi se le escapa un par de lágrimas. “Ya estoy muy viejo para eso”, se reprimió el arquitecto que diseñó los interiores de los boliches Traffic y Hard Rock, y siguió caminando orgulloso de sus 32 años y su premio.
El cuento empieza de niño, cuando Eduardo se sintió fascinado por esa contemplación de la vida y, sobre todo, por La Paz. “Hasta los 12 años yo no subía al centro, porque cuando vives en la zona Sur te crían muy protegido. Recuerdo que con mis amigos nos ch’achábamos del colegio y nos subíamos a los micros. Íbamos hasta las paradas y volvíamos para conocer la ciudad”.
Rodeado de edificios, bocinas y tráfico, se encandiló por el carácter urbano. Tanto así que se vio atraído por los suicidios que empezaron a surgir con la construcción del Puente de las Américas, una característica de las ciudades. Y con una amiga, fue y lanzó de ahí sus lentes, como deshaciéndose del “cuatro ojos”.
Hasta ahí, lo de “artista” no pasaba por su cabeza. Luego de vivir un año en Estados Unidos, duró ocho meses estudiando Arquitectura en Santiago de Chile y regresó sin avisar. “Mis abuelos me criaron pensando que esto es mi herencia. A mí me pertenece el país y yo tengo una responsabilidad con todos, pienso que todos son míos. Yo no debería irme”. Fue así que empezó la carrera de Arquitectura en la Universidad Católica Boliviana.
“Nunca pensé en estudiar arte, porque yo me sentía artista, aunque no con esa palabra; no me gustaba. Recuerdo que cuando conocí a Raquel Schwartz en la primera versión del Workshop Kilómetro ‘0’, me preguntó:
—¿Tú también eres artista?
— ¿Yo? No, yo soy un simple estudiante de Arquitectura. Creativo; pero artista, no”.
Sin embargo, hoy lo tiene muy bien asumido, y si bien la calle es su espacio más que una galería, ha logrado integrarse al sistema en el que se sentía “el patito feo”.
“Yo ya era testigo de que se calificaba a una obra o a una muestra en función de cuánto se ha vendido o qué gente asistió a la exposición y no en función al impacto que la exposición tiene en la realidad. Eso siempre me pareció banal, artificial. Yo siempre me sentí especial, no necesitaba ser especial de esa manera y no necesitaba hacer ese juego”.
Su primera intervención urbana fue el 2001, con el atentado del 11 de septiembre en Nueva York. El hecho lo conmovió al punto que hizo una instalación con cajones forrados con el rojo, el azul y las estrellas de la bandera de Estados Unidos, mostrándola fragmentada frente a la iglesia donde se celebraba una misa a la semana del suceso.
Luego nacieron proyectos secretos basados en el mal amor. “Sufrí un rechazo y a mí se me ha criado creyendo de que todo se puede lograr con trabajo y esfuerzo. No pude con el \'no\' e imaginé que con el arte yo podía enamorar y diseñé unas obras de arte secretas que en realidad eran un cortejo, una forma de sobrevivir esa crisis”. Y al ingresar en la Universidad Católica, nace el seudónimo de Bluebox.
“Yo me sentía tan triste por este rechazo que comencé a escribir mis primeras líneas y dibujaba algunas experiencias que habíamos tenido juntos en las pizarras en la entrada de la universidad”. Eduardo se sentía como una caja azul (blue box), “llena de cosas adentro, pero encerradas. Era azul por lo profundo y triste”. Ahí comenzó a escribir en el polvo de los autos y en las pizarras; de ahí pasó a la fotocopia, al stencil y llegó al afiche. El proyecto creció tanto que lo presentó al Salón Internacional de Arte (Siart), donde comenzó su carrera de artista.
Continuó con sus intervenciones urbanas y realizó una exposición en Santa Cruz, a la que no asistió para no traicionar sus principios de crítica al sistema.
Pero el sistema del arte se percató del trabajo que se plasmaba por la noche a través de stencil y afiches. Le fue prestando atención hasta que el Concurso Nacional de Arte Contemporáneo (Conart 2004) le otorgó un monto de fomento a la creación.
Luego de que Eduardo siguiera su formación en cuanto taller que se pusiese en su camino, la curadora Valeria Paz puso el ojo en el “patito feo” y lo invitó a ser parte del Taller Internacional El Quinto Pasajero. Allí formó un coro de voceadores y ya ha conseguido el financiamiento para la grabación de un disco con ellos. Le siguió la participación en el proyecto Un Árbol Bolivia.
Es con elementos de la obra presentada en Un Árbol Bolivia que Ribera ha construido su obra ganadora 2/3, una búsqueda por retratar un momento —la pelea por la votación de los 2/3 en la Asamblea Constituyente— a través del fútbol y la incomodidad de sillas insentables en la mesa de negociación, donde el gol se mete por debajo. “La política es como el fútbol. No importa quién gane, siempre pierde Bolivia”.
Más interesante aún resulta un pequeño cuadro elaborado en la técnica de collage utilizando un catálogo del pintor Mamani Mamani dentro un aparatoso y barroco marco. La gran firma: “Miami Miami 07”. Esta obra gira en torno a la reflexión del arte desde el arte y cuestiona la producción boliviana, el discurso, la exoticidad, lo comerciable.
El cuento de Bluebox aún no tiene fin. Mientras prepara una próxima obra, el “patito feo” sabe que ya halló a sus cisnes. “Como artista vivo en soledad. Pero de pronto he encontrado un lugar donde están los locos, los desubicados. En realidad, los que tienen una visión mucho más clara de las cosas, quizá porque están un poco más alejados de ellas”.
El Perfil del Artista
Vida • Eduardo Ribera Salvatierra es hijo de Eduardo Ribera Cortés e Irma Antonia Salvatierra Coronado. Nació hace 32 años en Santa Cruz, pero fue criado en La Paz. Desciende de Leonor Ribera, la autora del Himno a Santa Cruz.
Carrera • Estudió en el colegio Saint Andrews. Vivió un año en Estados Unidos y empezó a estudiar Arquitectura en Chile, culminando la carrera en Bolivia. Expuso en Santa Cruz y participó en el Salón Internacional de Arte (Siart), el Taller Internacional Quinto Pasajero y el proyecto Árbol, entre otros.