Cuando se anunció la convocatoria a una Asamblea Constituyente cuya misión era la de “refundar” la República de Bolivia, muchos bolivianos saltaron de alegría con la esperanza de rejuvenecer un sistema político envejecido y en algunos casos corrompido. A otros se les pusieron los pelos de punta. El temor que suscitó la Asamblea desde el primer momento fue que el MAS iba a imponer un modelo de Estado sobre las bases de la ideología marxista-leninista caduca y resucitando modelos autóctonos tribales, impropios de los tiempos en los que vivimos. O, dicho de otra manera, los más radicales del MAS —rescato ideas del gran tratadista ya fallecido André Hauriou— pretendían “un camuflaje de gobierno autoritario, incluso totalitario, que tomaron prestados, tanto las formas constitucionales como el vocabulario democrático para mejor engañar a los ciudadanos”. Proponer una Constitución, suena a democrático, aunque su contenido no lo fuera.
Pasaron los 12 meses que se habían dado los asambleístas para cumplir la hercúlea misión de “refundar” Bolivia, y la ciudadanía está defraudada por la incapacidad de esos ciudadanos que no entregaron su tarea a tiempo. Resulta paradójico que, habiéndose promulgado la Asamblea Constituyente como “soberana”, no supiera cumplir su propia misión que era entregar el texto de la Carta Magna este 6 de agosto. Perdieron un año en discusiones intrascendentes y barrocas, tales como capitalidad o la inclusión de la hoja de coca en el Escudo nacional y otras banalidades, cuando sigue habiendo cuestiones esenciales que definir en un texto constitucional, como es la necesidad de vertebrar el país, todavía invertebrado. Aquellas banalidades fueron la prueba de que los constituyentes no se habían tomado en serio su misión. Pero, eso sí, no quería terminar el circo para no perder la paga. No faltan quienes creían llegado el momento de barrer con todos los asambleístas y elegir a otros que deberán representar legítimamente a los distintos sectores sociales del país. En cualquier hipótesis es imprescindible que lo primero que hay que refundar en mejor es el espíritu nacional y democrático, así como el sentimiento constitucional en cada uno de los bolivianos. Y cuando hablo de espíritu constitucional quiero insistir en que el objeto de una Constitución digna de este nombre es precisamente la sumisión del Estado al Derecho y no a la arbitrariedad de unos cuantos políticos transitorios.
Cuando parecía todo perdido, el pasado jueves, oficialismo y oposición acordaron prolongar la Asamblea hasta diciembre, obligar a la inclusión de las autonomías departamentales (¿fue éste el precio del consenso?), aplicar el procedimiento de los dos tercos de votos y delegar al Legislativo la convocatoria a un referéndum para los artículos no consensuados en la Asamblea. ¡Por fin, consenso, aunque parcial! Nuestros políticos son unos malabaristas. Ahora veremos en qué quedan las pretendidas autonomías de 36 comunidades indígenas que propone el MAS. Pero, que el ciudadano no se inquiete: todo se arreglará con la orden presidencial de cantar el Himno Nacional con el puño izquierdo en alto: como los comunistas suelen entonar “la internacional”. Un desacierto.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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