“El país andino se desliza hacia una situación cada vez más crispada, que un Gobierno inexperto y con frecuencia abiertamente incompetente no es capaz de atajar”.
El lunes 6 de agosto, día nacional de Bolivia, se cumplió el plazo establecido hace un año para la finalización de los trabajos de la Asamblea que debía dotar al país de una nueva Constitución con la que el presidente Evo Morales pretende su “refundación”. Incapaces de cumplir su agenda, los constituyentes se han dado un nuevo plazo hasta diciembre. El objetivo declarado es otorgar más poder a sus históricamente oprimidos pueblos indígenas, pero Morales ha añadido sobre la marcha, en la estela de su mentor Hugo Chávez, la pretensión de ser reelegido en el cargo, algo que ahora prohíbe la Ley fundamental.
La aprobación del articulado, que será sometido en su momento a referéndum y al escrutinio de los jueces, exige dos tercios de los votos, que el Movimiento al Socialismo de Morales no tiene; y que no resulta fácil de obtener cuando se trata de cuestiones como abrir la puerta a la reelección indefinida del jefe del Estado. Morales hubo de renunciar a su aspiración de imponer la mayoría simple ante el conato de rebelión de las provincias más prósperas del país, abiertamente críticas con sus métodos, con Santa Cruz a la cabeza.
Las cosas no se desarrollan en Bolivia como Morales las vaticinaba cuando consiguió su rotunda victoria electoral en diciembre del 2005. El país andino se desliza hacia una situación cada vez más crispada, que un Gobierno inexperto y con frecuencia abiertamente incompetente no es capaz de atajar. En su año y medio al timón, las políticas populistas del primer Presidente de origen indio están siendo profundamente divisivas —hasta el punto de que existe el riesgo de enfrentamiento entre las regiones— so capa de la pretendida revolución democrática llamada a otorgar más poder y bienestar a la mayoría étnica. La aplaudida nacionalización de los recursos energéticos, inspirada en la doctrina del líder venezolano, no ha servido por el momento para alterar la ecuación de la pobreza. Pese a los altos precios de alguna de sus materias primas y las remesas de sus cientos de miles de emigrantes, la economía boliviana creció el año pasado por debajo de la media del subcontinente. La mitad de la población es pobre de solemnidad y la gran mayoría de los trabajadores sobrevi-ven en la economía sumergida.
Los acontecimientos muestran que el propio Evo Morales no tiene claro hacia dónde se dirige. Se ha embarcado en una carrera de promesas a los numerosos colectivos sociales, los cuales llevan a las calles sus agravios, en la línea de lo que el Presidente practicara en su momento. Y si es problemático dirigir un país a base de bruscas arrancadas y frenazos, lo es mucho más cuando carece, como es el caso, de mimbres institucionales y democráticos sólidos.
*Editorial del 7 de agosto de El País de Madrid para La Razón.
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