Qué decepción para los agoreros, los que presagiaban y presagian todos los males. Quieren sal y no les dan. Piden bronca y reciben rumba. El desfile no tuvo deslices y el desmadre anunciado fue una celebración de civismo. Y no es que me gusten las marchas militares (nunca Talacocha, los boleros de caballería siempre), las columnas de diez en fondo y los uniformes de gala. Aunque sí el mar de banderas, y esa demostración de unidad con la adscripción general a la Tricolor. Si hasta parecía una secuencia de El estado de las cosas, la película de Marcos Loayza que, no por nada, concluye con la canción de Juan Enrique Jurado convertida en himno y multiplicada por las bandas de guerra que inundaron los aires de El Trompillo.
Posiblemente lo acontecido el martes en Santa Cruz de la Sierra es parte de la mentada “refundación” del país, porque sabemos que el país no se reinventa en un acto sino todos los días. Este evento debería servir de ejemplo a la Asamblea Constituyente a la hora de reformar el Estado, aunque esta reforma no tiene nada que ver con el Leviatán —ese monstruo terrible— sino con nuestro estado… de ánimo. Porque acontecimientos como los del 7 de agosto aparecen como una respuesta al pedido parsimonioso de Eduardo Mitre, que en un rotundo poema nos dice y reclama: “Necesitamos mar interior”. Una postura que implica la necesidad de bajar la guardia, reducir el volumen, mirar adelante, es decir, se trata de des-dra-ma-ti-zar; la única sugerencia que lanzo a los aires y reitero en estas páginas de vez en cuando, porque este servidor no es de la especie de columnistas que se dedican a escribir cartas abiertas al Presidente de la República para decirle quién sabe qué.
Insisto e insistiré en la necesidad de desdramatizar, porque cada vez que las cosas parecen empujarnos al borde del abismo emerge la cordura que se traduce en concertación. Así, la política retorna al centro del ruedo para comandar el proceso de cambio que, después de la norma aprobada por el Parlamento, está en manos de los y las constituyentes que enfrentan el rostro más exigente de la democracia, la política deliberativa. Y más vale pecar de optimismo ingenuo que acudir al fácil expediente del fatalismo.
Desdramatizar implica y exige relativizar los hechos, abrir las puertas para ir a jugar, no creer en los horóscopos mediáticos ni lunáticos; respirar hondo y apagar el pucho. Y sobre todo, aprender de los chinos y de las chinas (ojo, es una pose genérica y políticamente correcta) que nos enseñaron a través de la palabra de un historiador que necesitamos rumiar el tiempo transcurrido para valorar los hechos en su dimensión real. Ese historiador que dijo: “No puedo opinar sobre el cristianismo porque es un fenómeno reciente”, para sugerir que los cambios importantes son imperceptibles y necesitamos perspectiva para juzgarlos. Y eso ayuda a desdramatizar, permite reducir la angustia, mitigar la incertidumbre e inclusive prevenir la úlcera. Hay que desdramatizar, esa es la consigna, y no escuchar a Julio Iglesias ni comer trancapecho en Cochabamba cuando cae la noche.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
Participando desde nuestras voces
Escuchando ayer a Judith Revel en el ciclo de conferencias organizado por la Vicepresidencia de la República, decía que las mujeres en Italia habrían adoptado, como método, la autonarración desde cada una de las mujeres para identificar
Ahora es cuando
Eso de que en el camino se ordenan las cosas es bien cierto en Bolivia. Lo malo es que nuestro caminar es no sólo lento y complicado, sino también traumático y doloroso.
Bolivia en la cuerda floja
El 6 de agosto, después de prender una escarapela en el pecho, me puse a escuchar una selección de kaluyos y pasacalles de Los Kjarkas, música boliviana donde lo quechua es amasijo con lo español, cual caramelo de chocolate y leche.
El crecimiento esquivo
El historial de crecimiento del país es reconocidamente modesto; según las cifras oficiales, el promedio del último medio siglo escasamente supera el aumento demográfico.