El Salón Municipal Pedro Domingo Murillo nació hace más de medio siglo con preceptos que se han ido modificando con los años y que han buscado adaptarse a los tiempos actuales. El problema es que en ese afán atraviesa, desde la organización, por un periodo de divagación que provoca desasosiego en los artistas.
Este año, por ejemplo, se exhibieron 26 de los 111 trabajos presentados. El que se elijan los más meritorios para la exposición es, evidentemente, potestad de los jurados. Sin embargo, lo que extraña es la justificación usada para descalificar no sólo obras sino a artistas. Sin que figure en las bases de la convocatoria, se vetó a “artistas consagrados”. ¿Desde cuándo el Murillo es un concurso amateur o sólo para talento joven?
Como prueba de la incertidumbre en que se mueve el concurso están las propuestas de los jurados que van desde el que se premie al trabajo artístico sostenido —¿qué otra cosa tiene un artista consagrado?— al de la democracia en el arte que exigiría que, como todos pueden presentarse, todos puedan exponer.
Y la lista de dudas y sugerencias sigue. ¿Qué tipo de arte contemporáneo se premia? ¿Temas políticos? ¿Técnica? ¿Concepto? ¿Todo lo anterior? Cualquier respuesta podría ser correcta. El problema está en definir el espíritu de este concurso y las líneas básicas deben trazarse desde la convocatoria y la selección del jurado, de manera que se cumplan las bases.
Lo que menos se busca aquí es desmerecer o ratificar ningún premio. Lo importante es definir los objetivos específicos de este concurso para que los artistas —que ya viven en un mar de subjetividades— puedan pesar el riesgo y el valor de ser el ganador del Salón Pedro Domingo Murillo. Esta tarea será muy difícil, pero hay que hacerla.