Algunos acontecimientos ponen en entredicho una verdad que parece de perogrullo: que unos países más y otros menos, con tiempos e intensidades diferentes, todos nos conducimos irremediablemente hacia el crecimiento económico global. Las crisis sin embargo, como la última causada por los préstamos hipotecarios en Estados Unidos y que está afectando al sector bancario mundial, ha generado una gran incertidumbre sobre sus posibles repercusiones, pero además se convierte en un motivo para repensar instantáneamente y en perspectiva el objetivo del crecimiento.
En una reciente entrevista realizada a Serge Latouche, profesor de la Universidad de París, éste se autodefine como objeto del crecimiento. “Sí, yo me autodefino como defensor del de-crecimiento, contra la imperante religión del crecimiento económico”, señala, pues desde su punto de vista se venera el crecimiento como un fin en sí mismo.
En el mismo artículo, el entrevistado sostiene que un 20% de los habitantes del planeta consume el 86% de los recursos, aproximadamente 600 millones de personas distribuidas fundamentalmente en Europa, Estados Unidos, y en menor proporción en Japón y China, y por supuesto el resto de la humanidad, se encuentra en una pulsión sin tregua, aunque con muchas dificultades, por ingresar en ese círculo. No deja de ser sugerente la posición del mencionado economista, en un contexto en que se suele asociar directamente el crecimiento y la riqueza como sinónimos de bienestar y felicidad.
Los efectos de esta espiral del crecimiento se pueden comenzar a percibir con claridad en el impacto que los niveles de vida logrados tienen en el espacio bioproductivo de la Tierra. De las 51.000 millones de hectáreas, que contiene nuestro planeta, alrededor de 12.000 millones son bioproductivas, es decir que producen nuestro autosostenimiento como seres humanos. De acuerdo a los cálculos realizados, por este autor, cada ser humano requiere aproximadamente de 1,8 hectáreas para autoabastecerse, sin embargo, en los países desarrollados esta proporción se multiplica, y se afirma por ejemplo, que los españoles necesitarían dos planetas y medio para vivir, los franceses tres y los estadounidenses seis planetas, y resulta de que sólo contamos con uno, que no sólo resulta insuficiente para el nivel de consumo de ciertas sociedades, sino que ampara a millones de habitantes que no cuentan con las mínimas condiciones de sobrevivencia.
Más allá del ajuste de cifras o de las lógicas económicas que pueden resultar absolutamente discutibles sobre el tema, es pertinente poner atención en el trasfondo humano de esta realidad.
Lo primero, es constatar que sólo contamos con un planeta para vivir y que ése se encuentra en progresivo proceso de degradación, por lo que al menos correspondería la optimización en el uso de los recursos, como el agua, la tierra y la energía. En segundo lugar, si bien la generación de riqueza es una condición para el mejoramiento de las condiciones de vida de la población, resulta que no siempre se logran los objetivos propuestos, tanto por la inequidad en su redistribución, como por el consumo desmedido cuyas consecuencias son incontrolables. Finalmente, cabe cuestionar la búsqueda del crecimiento como un fin en sí mismo, olvidando que en realidad es un medio que debiera beneficiar a la humanidad, concebida como una sola colectividad.
*María Teresa Zegada es socióloga.
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